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COMAMOS Y BEBAMOS HOY...

 

También en el terreno humano -no solo en el físico- existe el horror al vacío. Y este horror al vacío que muchos sienten -esas auténticas neurosis de vacío- intentan superarlo no solo con el trabajo, sino con la diversión en todas sus variantes: el juego, la bebida, las drogas, las relaciones inútiles, el tumulto de la música, la embriaguez de la velocidad, los viajes que les llevan a ver todo sin detenerse en nada..., el tiempo perdido navegando inútilmente en Internet..., la voluntad casi irracional de cambiar de lugar, de sentir siempre nuevas experiencias...

Salen de una huida -el trabajo- para entrar en otra: la diversión. O mejor: hinchan el vacío con un vacío aún más denso. Qué acertado es este pensamiento de Pascal: «la única cosa que nos consuela es la diversión, que es, sin embargo, la mayor de nuestras miserias. Porque es lo que nos impide pensar en nosotros mismos y, de modo insensible, nos va perdiendo. Sin eso sentiríamos tedio, que nos llevaría a procurar un medio más eficaz para salir de él. Pero la diversión nos recrea y nos lleva imperceptiblemente a la muerte».

La necesidad de diversiones es como la dependencia de las drogas: la dosis tiene que ser cada vez más fuerte, más alucinante, hasta que se llega a una compulsión desencauzada: se multiplican las experiencias eróticas, uno se deja dominar por la trepidación de la música o de la velocidad, podemos emborracharnos de fantasías, de vanidades, de sensualismos... y algunos acaban perdiendo la vida por cualquier tipo de «sobredosis».

Vivimos en un mundo vacío de valores profundos. Parece que lo que atrae es lo que consigue distraer los sentidos. Cada vez se utiliza menos el pensamiento, el raciocinio, en el más genuino sentido de la palabra. Según dice el insigne profesor de la universidad de Chicago Allan Bloom: «falta magnanimidad: la nobleza propia del espíritu humano». Se vive en el «imperio de la trivialidad», en palabras de Hutchins, rector de Harvard. Esta situación cultural lleva aparentemente a un tipo de vida suave, «soft», a un comportamiento tranquilo, leve, light... y, sin embargo, conduce, de modo más directo, a una verdadera neurosis de vacío.

Así lo declara Víctor Frankl: «Nosotros, los psiquiatras, más que nunca, nos encontramos con pacientes que se quejan de sentimiento de inutilidad, que actualmente desempeña un papel al menos tan importante como el sentimiento de inferioridad de la época de Alfred Adler.

 Permítanme citar una carta que hace poco recibí de un joven estudiante norteamericano: "tengo 22 años, una licenciatura, un coche, seguridad social y más sexo del que podría necesitar. Ahora solo necesito explicarme a mí mismo cuál es el sentido de todo eso". Como se ve, esa persona no solo se está quejando de una sensación de falta de sentido, sino también de vacío, y es por eso por lo que describí ese estado en términos de vacío existencial».

El vacío existencial tiene efectos desastrosos, según muestra el propio Frankl y nosotros más tarde indicaremos: la depresión puede llevar al suicidio, a la drogodependencia, a la agresividad y a la violencia.

 En el fondo de este síndrome de la diversión, que puede llevar al vacío existencial, puede estar presente una especie de «filosofía del mal menor», que también se podría denominar «sabiduría del cinismo»: «es cierto, todo termina. Ese es nuestro destino. No alimentes ilusiones respecto a nada. O mejor: no esperes en nada para no desesperarte por nada. La paz del espíritu es el resultado de haber aceptado lo peor. Has aceptado la muerte. Todavía sigues vivo, sin embargo. ¡Sí, aún vives! Olvídate, pues, de lo demás. Asume una actitud escéptica ante todos los "idealismos" -son demasiado grandes para ti-; no pretendas entenderlos; agárrate fuertemente a los placeres que encuentres. ¡No los dejes escapar! Aprovecha todas las sensaciones agradables y voluptuosas. Es lo único que tienes. Aspira el perfume de todas las flores, arráncalas y, si te gusta, puedes destruirlas entre tus manos. Mastícalas. No te sacrifiques a "principios". No tengas corazón de héroe. Embriágate del presente. Así te gastarás y morirás, sin duda. No tendrás futuro. Pero la vida es así: acéptala como es. ¿A qué vienen esos negros pensamientos? ¡Diviértete!».

Esta filosofía de la diversión, del «comamos y bebamos, que mañana moriremos», esa «sabiduría de glándulas y hormonas» queda bien desenmascarada por otra Sabiduría, la divina, que nos dice: «Como necios se dijeron a sí mismos los que no piensan: corta y triste es nuestra vida y no hay remedio cuando llega el fin del hombre, ni se sabe que alguien haya escapado a la muerte. Por casualidad vinimos a existir, y después de esta vida seremos como si no hubiéramos existido, porque es humo nuestro aliento, y el pensamiento una centella del latir de nuestro corazón: extinguido este, vuelve el cuerpo a la ceniza y el espíritu se disipa como el aire. Nuestro nombre caerá en el olvido y ninguno tendrá memoria de nuestras obras; pasará nuestra vida como rastro de nubes, disipándose como la nieve herida por los rayos del sol, a cuyo calor se desvanece. Pues nuestra vida es el tránsito de una sombra, y sin vuelta es nuestro fin. Ven, pues, gocemos de los bienes presentes, apresurémonos en disfrutar de todo en nuestra juventud...».

Esta postura presentada por el libro de la Sabiduría, del Antiguo Testamento, bien podría ser la expresión de un existencialismo que parece muy nuevo y que, sin embargo, es muy viejo. Una moda que pasó ya de moda hace varios milenios.

«Estos son sus pensamientos -prosigue el texto-, pero se equivocan porque los ciega la maldad. Y desconocen los misteriosos juicios de Dios, y no esperan la recompensa de la justicia ni estiman el glorioso premio de las almas puras. Porque Dios creó al hombre para la inmor­talidad...» (Sb 2, 1-4).

 

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