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LA DOBLE REVELACIÓN DEL DIOS AMOR


     La primera cosa que no debe olvidarse nunca, que jamás se conoce bastante, es que la revelación judeo-cristiana es la revelación del AMOR DE DIOS PARA NOSOTROS, de un amor que será nuestro asombro siempre aquí abajo, porque rebasa en absoluto todo lo que podríamos concebir y cuyo fondo no llegaremos a alcanzar jamás. Para conocer el fondo del amor de Dios para nosotros sería necesario ser Dios. Y los efectos del amor son para nosotros desconcertantes, como sorpresas, precisamente porque no podemos comprender su Manantial. Son desconcertantes para una razón puramente racional, incluso para la razón misma.

    El primer acto en el que se extravasa el amor de Dios, es la creación. Dios es el Infinito, el Absoluto. Posee en un grado de intensidad infinita el ser, la inteligencia, el amor, la belleza. No decimos que tiene el ser, la inteligencia, el amor; decimos más bien que es el Ser mismo, la Inteligencia misma, el Amor y la Belleza mismos. Reside en Sí mismo; no carece absolutamente de nada. ¿Por qué,
entonces, ha creado el mundo?Cuando el hombre actúa, es siempre para sacar de ello una ventaja; pero Dios no podía sacar nada
de la creación. Estamos, pues, obligados a decir que si ha creado el mundo es simplemente por pura superabundancia, por puro deseo de comunicar sus riquezas, por puro desinterés, por amor. Se toca aquí el misterio de la presencia de creación. Es a la vez una presencia de causalidad y de conservación; la misma omnipotencia divina que hace brotar el universo de la nada, lo mantiene sobre la nada; así como
yo desarrollo la misma fuerza para levantar un peso que para mantenerlo a la altura a que lo he elevado.

La presencia divina envuelve y penetra todas las criaturas. Es una presencia de conocimiento, que cala el secreto de los corazones; una presencia de fuerza que da a los seres su actividad, al rosal el poder «producir» su rosa; una presencia de esencia que da, además al rosal el poder ser lo que es. Tales son los tres aspectos de la presencia de creación. Es íntima a las criaturas. Hablando rigurosamente, Dios está más presente a las cosas que ellas lo están a sí mismas. Y si por un solo instante olvidara al mundo, éste caería inmediatamente en la nada.
Dios que está misteriosamente presente al mundo, no está sin embargo inmergido en el mundo; no se disuelve en las cosas. Conserva su trascendencia absoluta. Si llena todas las cosas es como la Causa infinita de un efecto imperfecto, limitado. «Por ventura, ¿no lleno yo los cielos y la tierra?», dice Jeremías (XXIII, 24) y el Salmista: «Si a los cielos subiere allí estás Tú; si bajare a los abismos, allí estás presente»
(Sal. CXXXVIII, 8).


    Hay un segundo acto de Dios más desconcertante todavía. Algo así como una mamá a la que no le parece tener bastante cerca al niño que ha dado al mundo y lo estrecha contra su corazón. Dios va a unirse de una nueva manera a las almas que se abren a su gracia y a su amor. He aquí la presencia más misteriosa, más escondida, la presencia de inhabitación. Se lee en el Libro de los Proverbios (VIII, 31): «Siendo mis delicias los hijos de los hombres» y en el Eclesiástico (XXIV, 7-8): «...En todos busqué descansar para establecer en ellos morada. Entonces el Creador de todas las cosas, me ordenó, mi Hacedor fijó el lugar de mi habitación. Y me dijo: Habita en Jacob y establece tu tienda en
Israel». Que Dios desea así descender secretamente a nuestro universo y encontrar en él su residencia, es una verdad presentida ya en el Antiguo Testamento. Pero la plenitud de esta Revelación la encontraremos en el Nuevo Testamento.


    De esta segunda manera no puede Dios habitar en las cosas materiales; pero allá donde haya un espíritu podrá descender y conversar con él. Y esta presencia de inhabitación está condicionada por el descenso a ese espíritu, de la gracia en su más fuerte sentido. Ya veis la importancia de la gracia: va a transformar el alma, hacerla apta a la inhabitación inmediata de las Personas divinas.