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Los motivos vitales DEL ATEISMO

Debemos tener en cuenta que el ateo nunca lo es porque tenga la evidencia de que Dios no existe, ya que la no existencia de Dios no se ha probado ni podrá ser probada nunca. La existencia de Dios, al contrario, se puede demostrar y comprender por la razón. El posicionamiento ideológico del ateo nunca parte de un estudio científico, sino de una opción personal, que niega la posibilidad de esa existencia. En otras palabras, nace al margen de la ciencia.

No es casual que acabe de escribir que los procesos de incredulidad se forman generalmente por motivos que no tienen su apoyatura en la ciencia. Si la historia muestra esto de forma clara, mi propia experiencia en el contacto personal con miles de gentes diversas constata esa verdad con ejemplos innumerables. Me viene ahora a la memoria, muy nítidamente, la figura de un muchacho que cursaba el bachillerato, allá por el año 1970, en un colegio de Sao Paulo de tendencia agnóstica. Como en el colegio no había instrucción religiosa, muchos de los alumnos se preparaban para la Pascua en un Centro Universitario en el que yo trabajaba. Nos reuníamos en un ambiente alegre y cordial después de las clases que formaban parte de esa preparación. Todos querían confesarse, menos ese muchacho. Iba a las clases porque éramos todos amigos. Pero seguía sin querer confesarse. A todo el que le quería oír le decía: «yo soy ateo, soy ateo».

 Los amigos le dijeron que no le vendría mal hablar conmigo personalmente, pues éramos amigos. Entró en mi despacho con visibles pocas ganas, diciendo: «No me convenza de que Dios existe... ni lo intente...». Sonriendo, le dije: «Vamos, siéntate, y tranquilo, fúmate un cigarro y vamos a hablar de tu ingreso en la Facultad de Derecho». Como yo era profesor de esa facultad, se animó más. Fue una conversación distendida, agradable... De repente, le pregunté, no sé por qué: « ¿Tú ves en este despacho algún caballo...?». «Menuda pregunta más rara», me respondió. Y yo seguí: « ¿Te esforzarías por demostrar que aquí no hay ningún caballo?». Él dio una carcajada... Yo afirmé: «Entonces, ¿por qué te esfuerzas en convencerte de que Dios no existe? Si eso fuese tan obvio para ti, no necesitarías ni pensarlo: Dios no existe..., y listo. Estarías tranquilo».

Súbitamente, el muchacho empalideció. Se levantó rápidamente... abrió la puerta y se fue... Tenía miedo... Meses después mandó una carta a todos sus colegas en la que decía que en un día fijado, se iba a suicidar... Y sus colegas, que lo conocían bien, le respondieron: «es lo mejor que puedes hacer... ». Sabían que lo único que quería era llamar la atención, representar el papel de «existencialista ateo»... Evidentemente, no se suicidó.

Dos años más tarde me lo encontré en la facultad. Conversamos varias veces, afectuosamente... Y él terminó por contarme que desde la separación de sus padres había tenido una fuerte carencia afectiva..., que todos sus problemas, su rebeldía, el llamar la atención, el «ateísmo», provenían del impacto que sufrió y de esa inmensa necesidad de afecto que provocó la separación de sus padres. Esta experiencia que acabo de contar es solo un ejemplo entre muchos.

El ateo es ateo generalmente por muchos motivos personales, de distinto tipo al que acabamos de ver: porque le parece que la fe no satisface las dudas de su conciencia; porque juzga que restringe su libertad intelectual o hiere su autosuficiencia racional; porque está negativamente impresionado por la falta de autenticidad y de ética de algunos cristianos «oficiales»; porque está influido por una falsa óptica histórica que presenta a la Iglesia como cruel (la Inquisición) o anticientífica (Galileo); porque le cuesta aceptar los preceptos morales sobre el amor, el sexo, el matrimonio y la familia; porque quedó hipersensibilizado a raíz de un acontecimiento doloroso -separación, injusticia, enfermedad, muerte...- que no le pareció compatible con la infinita bondad de Dios, y así podríamos seguir... Por ejemplo, la científica Marie Curie, polaca, descubridora de la radioactividad, educada en la religión católica, se desinteresó de la fe al quedar turbada por la muerte de su madre... Eso no tiene, es evidente, nada de «científico».

El motivo emocional, sensitivo, está con frecuencia en el origen de muchas actitudes de incredulidad aparentemente intelectual. Coppée declara esa idea con transparencia: «Fue la crisis de la adolescencia, seré franco, fue la vergüenza de ciertas confesiones lo que me llevó a renunciar a mis hábitos de piedad. Muchos hombres en las mismas condiciones estarían de acuerdo, si son sinceros, en que lo primero que nos apartó de la religión fue la se­vera regla impuesta a todos en el uso de los sentidos; solo después fueron a pedir razones a la razón y a la ciencia argumentos metafísicos para no incomodarse. Conmigo, al menos, fue lo que pasó».

El conocido pensador brasileño Leonel Franca es, en este sentido, más explícito: «Algunas veces, la incredulidad asalta a la inteligencia, y va provocando el abandono de las buenas costumbres. Casi siempre, sin embargo, la causalidad es distinta. Primero se corrompe el corazón, luego se extravía la inteligencia. Lo que peor se acepta de la religión es el decálogo, y en el decálogo, el sexto mandamiento (que preceptúa la castidad); solo más tarde, por una necesidad de coherencia psicológica que exige una unidad interior, se sacrifica el símbolo. Y esta es la historia de 99 de cada cien de las llamadas crisis de fe en la juventud.

Esta apreciación de Franca coincide con el incisivo análisis de Gratry: «Inmoralidad, incredulidad y pereza forman un círculo: se puede comenzar por donde se quiera».Todos estos -y otros- motivos no se refieren a la ciencia, sino a la forma subjetiva de valorar la realidad.

Es sorprendente observar cómo por detrás de complicadas estructuras psicológicas ateas o indiferentes, que en principio parecen sólidas y desapasionadas, se esconde un conflicto sentimental, una represión... un problema vital. ¡Cuántos problemas de fe son, en realidad, problemas de moral! ¡Cuántos que han declarado ser incrédulos solo tras una larga evolución intelectual han llegado a ella por motivos más simples, más pasionales, incluso más brutales! Entre los sucedidos que podría contar solo referiré uno, más por su carácter emblemático. Me acuerdo de la conversación que mantuve una vez con un estudiante de medicina. Es tan significativo que podría parecer imaginado de no ser rigurosamente verdadero. Me decía que tenía ciertas dudas sobre la divinidad de Jesucristo. «Ya, pero, ¿por qué?». «Por una razón histórica: leí en un libro de religiones comparadas que Cristo se inspiró en la doctrina de Mahoma». « ¿Pero tú no sabes que Mahoma vivió en el siglo VII después de Cristo...?». Estuvo mirándome un largo rato y, al cabo, lleno de vergüenza, me dijo que, en realidad, estaba intentando justificarse... Quizá hubiese confundido a Mahoma con Buda... Que últimamente estaba en una situación muy difícil... No conseguía zafarse de un asunto afectivo que no le dejaba ni de día ni de noche... En aquel momento, comenzó a llorar...Está claro que este tampoco era un problema intelectual, sino emocional. El recurso a lo histórico, a lo científico, era solo un biombo para ocultar una razón más visceral.

El filósofo alemán Fichte expresa esta verdad de manera diáfana: «Si mi voluntad es recta, si ella tiende constantemente para el bien, la verdad se revelará a mi inteligencia sin ninguna duda. Yo sé que no pertenece solo al pensamiento producir la verdad. Nuestro sistema filosófico es muchas veces la historia de nuestro corazón». Y otro filósofo alemán, Schopenhauer, consagró un capítulo entero de su obra fundamental -El mundo como voluntad y representación- a este tema, llegando a la conclusión de que «en la gran mayoría de la gente, el pensamiento no es un espejo desinteresado de la verdad; es un reflejo de sus pasiones, intereses y afectos».

Estas consideraciones nos llevan a abordar de una forma directa los diferentes estados o situaciones vitales que vienen a ser una fuga, una evasión, del problema central de la existencia de Dios y del sentido de la vida.


 

anecdotas y reflexiones