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 UN EXTRAÑO SILOGISMO

 

El que vive de espaldas a Dios viene a sentir, más pronto o más tarde, que el declinar de la vida se muestra cada vez más cercano, que la presencia de una muerte sin futuro se hace cada vez más evidente... y comienza a sentir una angustia terrible, una especie de colapso psíquico que parece anticipar el definitivo colapso biológico.

Pocos han sabido expresar esta situación psicológica con tanto tino como Tolstoi al revelar los presentimientos de uno de sus personajes más conocidos, Iván Ilich, en el momento en que al fin comprende lo grave de su enfermedad. Él, que había sido siempre comme il faut, un juez respetado e impasible, bien considerado por todos, se encuentra perturbado delante de la eventualidad de su muerte, como si esta fuese algo absolutamente sorprendente, inesperado, imposible.

La cita es larga, pero vale la pena transcribirla: «"Ahora ya me siento mejor, mucho mejor". Apagó la luz y se puso de lado. El intestino se estaba restableciendo, había reabsorción. De repente, sintió el dolor conocido, apagado, sordo, insistente, quieto, serio. Y en la boca, la misma sensación abyecta que ya conocía. Algo le apretó el corazón y le turbó la cabeza: "¡Dios mío, Dios mío!" -dijo-. "Otra vez, otra vez, esto no para...". Y, súbitamente, se le presentó todo con un aspecto completamente distinto. "¡El intestino! ¿El riñón!", se decía a sí mismo. "El asunto no está ni en el intestino ni en el riñón, sino en la vida y en la muerte. Sí, la vida existió, pero he aquí que se está yendo... se está yendo... y yo no puedo detenerla más. Sí, para qué engañarse. ¿No es evidente que me estoy muriendo, que es cuestión apenas de semanas, de días...; quién sabe si no será ahora mismo? La luz existió, y ahora hay tinieblas. Estuve aquí y ahora me voy, pero ¿para dónde?"».

«Un escalofrío lo invadió; la respiración se detuvo. Y él solo oía las palpitaciones de su corazón».

«Yo no existiré, pero, ¿qué existirá entonces? No existirá nada. ¿Dónde estaré entonces, cuando ya no exista más? ¿Será realmente la muerte? ¡No, no quiero! ».

«Sí, la muerte. Y ninguno de esos que están ahí fuera riéndose -las visitas que acababan de estar con él reían en el vestíbulo- lo sabe, ni lo quiere saber, ni lo lamenta... Para ellos es como si la muerte no existiera; pero ellos también morirán. ¡Cretinos! Yo voy primero, luego irán ellos; sí, también van a pasar por lo mismo. ¡Y sin embargo, están alegres! ¡Qué animales! ».

«Estaba sofocado de rabia. Tuvo una sensación penosa, torturadora, intolerable. No podía ser verdad que todos estuviesen condenados para siempre a ese miedo terrible».

«Iván Ilitch veía que se estaba muriendo, y la desesperación no lo abandonaba. Sabía, en el fondo del alma, que se estaba muriendo, pero no solo no se conformaba con esto sino que ni siquiera lo comprendía, no lo podía entender de ninguna manera».

«El ejemplo de silogismo que había aprendido en la lógica de Kieserwetter -Cayo es un hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal- le había parecido correcto durante toda su vida, correcto solamente respecto a Cayo, pero en absoluto respecto a él...».

«Cayo es realmente mortal, pero, en lo que a mí, Iván Ilitch, respecta, con todos mis sentimientos e ideas, el caso es muy distinto. No puede ser que yo tenga que morir. Sería demasiado terrible... ».

«Intentaba volver a los viejos modos de pensar que antes le ocultaban la idea de la muerte. Sin embargo, cosa extraña, todo lo que antes ocultaba, escondía, anulaba la consciencia de la muerte, ya no conseguía producir ese efecto... Ella venía y se detenía delante de él y lo miraba, y él se sentía petrificado... ¿Será posible que solamente ella sea verdad? Iba a su oficina, se acostaba y he ahí que nuevamente se veía a solas con ella, cara a cara, pero sin saber qué hacer con ella. Solo con mirar hacia ella se quedaba helado.

Todo eran recuerdos del pasado.

La Facultad de Derecho... el primer trabajo... la boda... y la decepción, el mal aliento de su mujer, la sensualidad, el fingimiento... Y aquel trabajo muerto, y las preocupaciones por ganar dinero, y así un año, dos, diez, veinte, siempre igual. Y cuanto más avanzaba en la vida, más muerto se iba sintiendo. Como si caminara pausadamente, descendiendo la montaña, e imaginara que la estaba subiendo. Fue justo así. "Según la opinión pública, yo subía la montaña, y al mismo tiempo era la vida la que se escapaba de mí... y ahora, ¡estoy listo! ¡la gente va a morir!".

"¿Pero qué es esto, para qué? No puede ser. La vida no puede ser así, sin sentido, asquerosa... debe de haber algún error...

Y parecía que todo le dijera: "La vida no es esto. Todo aquello de lo que has vivido y de lo que ahora vives es una mentira, un embuste que oculta a tus ojos la vida y la muerte".

Al pensar esto se estremecía, y quería oponerse, pero ya sabía que no podía ofrecer resistencia ninguna... miraba la parte de atrás del diván y esperaba esa terrible caída, el empujón, el aniquilamiento».

El intenso dramatismo de esta narración no tiene nada de artificial. Quien haya estado con frecuencia junto al lecho de los moribundos podrá constatar sin esfuerzo la verosimilitud de todo este proceso psicológico.

Es fácil, tal vez, fingir durante cierto tiempo que el silogismo desagradable se aplica a Cayo -a cualquiera que aparezca en las esquelas del periódico-, pero no a uno mismo. Sí, es fácil vivir como escribía Tolstoi -« ¿animales! »-, con la inconsciencia de los irracionales. Pero llega el momento en que acaban las huidas, las evasiones y las mentiras, y «todo lo que antes ocultaba, escondía, anulaba la conciencia de la muerte» -el instinto de eternidad y la necesidad de Dios-, ya no consigue surtir efecto. De súbito se comprende que la vida no tiene sentido en su conjunto si no tiene sentido en su fin. Y su fin solo tiene sentido en Dios. Se entiende rápido que toda la existencia fue una huida de la Verdad.

Cae el último telón de la comedia de la vida. Sólo subsiste la Verdad. Comienza la tragedia.

 

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anecdotas y reflexiones