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EL ABAD ALEGRE
(Columba Marmión)

 

José Marmión nació en Dublín (Irlanda), el 1 de abril de 1858. Su padre era irlandés y su madre francesa. Tras ser ordenado sacerdote visitó algunos monasterios benedictinos, entre ellos el de Maredsous (Bélgica). Después de unos años de ministerio sacerdotal y de profesorado en el seminario de su diócesis, ingresó en la abadía de Maredsous donde recibió el nombre de Columba, en honor de San Columbano, monje irlandés y gran apóstol de Europa. El Señor lo recompensó con grandes gracias interiores que lo hicieron en poco tiempo un gran contemplativo. Ocupó diversos cargos en el monasterio, después de hacer su profesión monástica, sobre todo la enseñanza de la teología.

Elegido abad de Maredsous los monjes admiraban en su abad su benevolencia, su bondad acogedora, no menos que su temperamento cariñoso, expansivo y generoso: una vida exuberante dispuesta siempre a prodigarse, con gran pureza de intención, servicialidad y entrega. Era una delicia en los recreos por su alto sentido del humor; su gran inteligencia, su extremada caridad. Se ha dicho de él que «su imaginación y su charla jovial contagiaba a todo el inundo. El recreo se había convertido en el mejor de los medios para promover la unidad de la comunidad monástica». Tenía un gran corazón. Pero, sobre todo dom Marmión era un fino teólogo, un teólogo de la liturgia y de la vida espiritual, que él vivía antes plenamente. Solía decir que a Dios hay que buscarlo infatigablemente, por encima de las arideces del camino, del aparente abandono del cielo, de las luchas incesantes. Con fidelidad, con perseverancia.

«Ahora bien, se pregunta Dom Marmión, ¿cuál es la intima razón de esta estabilidad en el bien y de dónde la sacaron los santos? ¿Cual fue su secreto?» La respuesta es tajante: «La vida de oración. El alma que de ella vive, permanece unida a Dios: se adhiere a Dios participando de la inmutabilidad y la eternidad divinas». La oración, según Dom Marrnión, se reduce esencialmente a un coloquio del Hijo de Dios con su Padre del cielo para adorarle, alabarle, expresarle su amor; aprender a conocer su voluntad. En la oración nos presentamos delante de Dios en nuestra calidad de hijos. En otras palabras, la gracia de adopción anima toda nuestra relación con Dios. Falleció el 30 de enero de 1923. Todos pensaban que había muerto un santo.

anecdotas y reflexiones