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ANTE UNA NOTICIA DESAGRADABLE

Ayer me dieron una noticia que podía tener dos reacciones: o mi indignación más profunda o la serenidad de mi corazón. Acudo aleatoriamente a la Biblia para que el Señor me hable y ¡qué aparece! El Salmo 37, que reza así: “Deja la ira, abandona el enfado, no pierdas la paz, pues te irá peor” y en otra estrofa "Confía en el Señor y haz el bien, pon en el Señor tu complacencia, y Él te dará lo que desea tu corazón"".

¿Merece la pena acalorarse por lo que nos suceda en la vida? Si la indignación invade el alma en este salmo está la medicina. ¿Merece la pena enfadarse y dañar el corazón? ¿No es mejor mantener siempre el buen ánimo incluso en la tormenta y el huracán? Incluso con causa justificada, la indignación no es buena compañera de viaje. La indignación lo único que calienta es el exterior de nuestra vida, no produce ningún tipo de vapor.

Cuando uno se enoja, cuando el enfado revierte sobre nuestro estado de ánimo, la ingratitud, el desánimo, la contrariedad, la descortesía, la desilusión, el desencanto brotan como malas hierbas que se introducen en nuestro carácter, refrenan nuestras buenas obras, el trabajo y las acciones de nuestra vida.

Es como esos trenes antiguos, que sufren cuando se calientan los ejes de las ruedas producto de un rozamiento innecesario. Hay superficies que rozan unas con otras cuando en realidad deberían funcionar suavemente a través de un cojín de aceite. Es preferible dejar que el aceite de Dios vaya refrescando el alma para que uno no se vea inmerso en ese obrador de maldad que es la indignación. Y como dice también el Salmo: "Encomienda al Señor tu camino, confía en Él, que Él actuará".

Raúl Mir

anecdotas y reflexiones