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La avestruz erudita

 El hombre siempre se guía por ideas. El fugitivo lleva normalmente, para no extraviarse en sus extraños caminos, una brújula de ideas. No le basta vivir en la ignorancia o refugiarse en la rutina, liarse con sus trabajos o perderse en la diversión. Necesita un soporte intelectual. Por eso su evasión está normalmente reforzada por estructuras ideológicas: los motivos «racionales» de su huida, de su incredulidad o de su escepticismo religioso.

Entre los bastidores de complicadas teorías aparentemente científicas que niegan la existencia de Dios se esconden conflictos sentimentales, resentimientos u otros problemas vitales que no fueron bien asimilados.

Habitualmente, no se deja de creer en Dios porque la fe parezca irracional; sino porque no interesa o porque no se siente, o porque parece un obstáculo a una libertad de pensamiento sin restricciones o por entrar en conflicto con otros sentimientos o pasiones más fuertes... Solo después se le pedirán a la inteligencia razones para justificar ese posicionamiento vital. Las circunstancias, algunas formas de educación, el ejemplo de otras personas (que vienen a testimoniar en contra de la religión), los hábitos, las relaciones, los afectos, gustos, placeres, el ansia de autonomía, el orgullo, el egoísmo, el apoltronamiento... pueden crear, de hecho, un género de vida contrario a la fe y a la moral. Siendo, sin embargo, insoportable esa escisión, en vez de modificar la vida -que es algo que exige esfuerzo-, se modifica el contenido de la fe y de la moral con el pretexto de motivos racionales.

 La soberbia  violenta la memoria y la oscurece: el hecho se esfuma y se embellece, encontrándose una justificación para recubrir de bondad el mal cometido, que no se está dispuesto a rectificar; se acumulan argumentos, razones, que van ahogando la voz de la conciencia, cada vez más débil, más confusa. Y el avestruz, en vez de esconder la cabeza bajo tierra, cubre ahora cuidadosamente sus ojos con las anteojeras de distintas teorías. Cuanto más sabio, más ciego: el brillo aparente de su orgullo lo ofusca, no le deja ver.

¿Cómo se opera esa sorprendente metamorfosis que transforma al animal africano en pensador ilustrado? Cuando hay divergencias entre la fe y un modo de vivir al que se está apegado, cuando la fe reprueba determinado hábito de placer o amenaza con limitar el deseo de una independencia total, entonces se piensa: qué bueno sería que no existiera ningún precepto que venga a censurar mi conducta; así yo no tendría esos sentimientos de culpa, esos remordimientos que me quitan la paz... y me sentiría más libre... Y entonces se comienza a recurrir a las dudas: ¿Quién me demuestra que Dios existe y que Cristo es Dios? ¿No se están suscitando a diario en la prensa, en las charlas de bar, en las reuniones de amigos y en las aulas problemas y más problemas sobre este asunto? ¿Y ese famoso filósofo y ese otro científico no son acaso incrédulos? ¿Por qué vivir sometido a esos prejuicios infantiles? ¿No será todo eso una fábula transmitida de un siglo a otro? ¿No será todo un sistema cuadriculado propio de viejos, una tradición que no se ajusta a la mentalidad ni a las necesidades de nuestro tiempo? ¿No será un tabú, como ya he oído tantas veces? ¿Cómo voy entonces a sacrificar mi vida por un tabú; no sería eso la mayor insensatez y la más radical opresión de mi libertad?

Emocionalmente se suscita, pues, un problema, y luego, racionalmente, se buscan las justificaciones en la opinión de un amigo o de un profesor, en la teoría de un autor, en la mentalidad que se respira en un ambiente determinado, así hasta llegar a construir un complicado an­damiaje intelectual. Como no se puede soportar la falta de concordancia entre fe y conducta, se justifica el propio comportamiento y se le quita a la fe su valor, para conseguir así un nuevo equilibrio que restablezca la perdida paz interior: cuando no se vive como se piensa, se acaba pensando como se vive.

Pero, en lo más íntimo, el avestruz erudita no vive tranquila; en el fondo de su conciencia la verdad auténtica está viva, por más que permanezca amordazada: sufre, y a veces levanta su voz quejumbrosa, llena de lamentos...

anecdotas y reflexiones