principal
   
 

 

 

azar y creacion.htm

 

¿PUEDE el azar EXPLICAR LA CREACIÓN?

 Tampoco resuelve el problema de la Creación esconderse en el azar, que es una fórmula fácil para disimular cualquier laguna en nuestro conocimiento: la repetición ilimitada de lances daría como resultado, por probabilidad, por azar, el resultado del cosmos. Pero aquí también el sentido común -la lógica- protesta. Por más que se repitan mecánicamente las mezclas y las superposiciones de partículas de color, ¿puede alguien imaginar la probabilidad de conseguir al final el resultado pictórico de Las Meninas o de La última Cena sin la intervención de un Velázquez o de un Leonardo da Vinci? ¿No habrá algo inteligente, genial, que escapa al orden ciego de la probabilidad? ¿Y no se podrá decir lo mismo, y con mayor fundamento, respecto a esa inmensa obra de arte que es la creación: que no se entiende sin la existencia del Creador?

Algunos se dejan impresionar por la cuestión temporal: todo es posible en una sucesión casi infinita de años. No advierten, sin embargo, que con tal proposición se permite un salto ilógico del orden cuantitativo al cualitativo. ¿Qué importa que se tardaran tres o veinte años para pintar la Capilla Sixtina? Lo realmente importante es la obra hecha, independientemente del tiempo. Lo admirable es la imponente concepción de Miguel Ángel. La cualidad de lo inteligente huye del azar, de la repetición puramente cuantitativa de oportunidades irracionales. ¿Qué importa que el universo haya sido creado en un instante o se haya creado en constante evolución durante miles de millones de años? Esta cuestión es puramente cuantitativa; no es relevante. Lo que de verdad es significativo es que no se puede explicar la armoniosa genialidad del universo sin la concepción de un genio; lo inteligente siempre es sorprendente, y no se puede reducir al azar.

Si volviésemos y revolviésemos las letras del abecedario en moldes de imprenta, en una casi infinita sucesión de tentativas, ¿se iba alguna vez a conseguir que estas letras se volviesen algo nuevo y original semejante a la Divina Comedia del Dante? ¿No será esto no ya improbable, sino imposible? Porque la ley de la probabilidad jamás puede secundar las variables del movimiento libre de la inspiración. ¿No podríamos, pues, verificar igualmente la imposibilidad de que los elementos químicos –mucho más complejos que las letras-, vengan a producir, por un azar inconsciente y mecánico, la íntima perfección y belleza del cosmos, que supera a cualquier obra poética?

Pero no nos quedemos solo en las suposiciones; vayamos a la realidad de los hechos. Consideremos los resultados que la Ciencia moderna y el trabajo de algunos investigadores han conseguido: por ejemplo Francis Crick, Premio Nobel de Biología y Medicina: «La proteína es el elemento básico de todos los organismos vivos. Para hacer fáciles los cálculos, admitamos que una molécula de proteína tenga 2.000 átomos, solo de dos especies, con peso molecular 20.000 y 0'9 de asimetría -y la realidad es mucho más compleja-. La probabilidad de que se forme por azar una molécula de proteína sería de 2,02 x 10 elevado a -321; esto es, un número decimal con 320 ceros después de la coma (0,000 ... 202). Suponiéndose un total de 500 trillones de lances por segundo en un volumen de materia igual al de la esfera terrestre, el tiempo necesario para obtener una molécula de proteína, según el cálculo de probabilidades, sería de 10 elevado a 243 miles de millones de años. Sin embargo, la edad de la tierra desde su enfriamiento, no pasa de los 2 x 10 elevado a 9 años, o sea, solo dos mil millones de años».

«Admitamos, por tanto, que la molécula de proteína fue la que en primer lugar se formó por azar, sin esperar tantos millones de siglos. Aceptemos también incluso que esta combinación se realizó por dos veces consecutivas. Creer, por consiguiente, que se haya dado otra vez, equivale a creer en un milagro. Más aún: admitir que en un tiempo extremadamente corto el mismo fenómeno se haya dado tantos miles de millones de veces equivale a negar la aplicación del cálculo de probabilidades a ese problema». «Es necesario también observar que para formar una célula viva son necesarias miles de moléculas. En un ser vivo hay millones de células; y la paleontología nos enseña que en un período de tiempo muy corto aparecieron sobre la tierra miles de millones de seres vivos. Es, según vemos, imposible apelar al cálculo de probabilidades con el fin de explicar por el puro azar la existencia de la vida sobre la tierra».

 Estas consideraciones hechas genéricamente adquieren dimensiones fantásticas si pensamos, por ejemplo, en la perfección de cada organismo humano. Nos llevaría muy lejos hacer una somera exposición respecto a esta materia. Tengamos apenas en cuenta que el cerebro consta de entre 500 y 1.000 millones de células que -como minúsculas pilas eléctricas y aparatos telegráficos- transmiten órdenes al cuerpo entero...; que el corazón es como una bomba cuyo émbolo reproduce su movimiento unas 100.000 veces al día haciendo circular 25 mil millones de glóbulos rojos que alimentan los 800 mil millones de células que componen el cuerpo humano...; piénsese en la perfección del ojo, el más extraordinario aparato de televisión, que transmite al cerebro las foto-grafías captadas por medio de un sistema óptico inigualable, que graba en la retina, formada por un millón de fibras, diez clichés diferentes por segundo, capaces de ser almacenadas en lo que conocemos por memoria sensitiva. Ahora imaginemos la existencia de miles de millones de seres humanos... y todo surgió... ¡por azar! ¿Cómo es posible que a principios del tercer milenio haya gente capaz de sustentar algo tan grotesco, especialmente si se hace en nombre de la Ciencia?

Los científicos brasileños Walter González, consultor de la NASA, y Antonio Formaggio, vicecoordinador de la División de Percepción Remota del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, se refieren así a la armónica relación entre Ciencia y Religión:

«Estudios contemporáneos de cosmología y de física cuántica presentan pruebas de que existe un plan y un propósito bien definidos en el Universo, desde su origen hasta la aparición del hombre. Este plan, denominado "Principio Antrópico" ya ha sido tema de tesis de doctorado en universidades norteamericanas como Berkeley Harvard y Cornell, en los departamentos de Filosofía de la Ciencia».

«En un reciente debate organizado en el Museo de Ciencias Naturales de Washington, con la participación de más de 400 científicos de diversos países, los mundial mente prestigiosos Steve Weinberg (Premio Nobel de Física) y John Polkingorne (Profesor de Física y Decano de la Universidad de Cambridge) mostraron la importancia cada vez mayor en la ciencia de hoy del "Principio Antrópico" y, en un plano más general, de la relación entre Ciencia y Religión».

«Actualmente, diversos científicos de renombre mundial creen en un Dios personal y presentan la fe como una "forma de conocimiento" aún poco comprendida por el hombre, pero más abarcadora que el conocimiento racional, conforme cuenta el libro Dios y la Ciencia del famoso filósofo Jean Guitton y de los físicos Igor y Grichka Bogdanov». «Es bueno recordar que científicos de la talla del astrónomo A. Sandage y del Premio Nobel de Física C. Townes, así como varios otros, se unen en su fe religiosa a científicos de otros tiempos, como pueden ser Newton, Ampere, Gauss, Joule, Kelvin, Edison, Marconi, Fleming, Pasteur, Planck, Einstein y muchos otros más».

«Finalmente, es oportuno traer a colación el pensamiento de Jean Guitton, uno de los grandes filósofos de nuestros días: "Poca ciencia aparta de Dios, mientras que mucha ciencia acerca a Dios"», Precisamente Einstein, que ganó el título de Hombre del Siglo XX, el mayor científico de nuestra época, se indigna, ante aquellos que se empeñan en volver incompatibles Ciencia y Fe: «El hombre que establece los principios de determinada teoría, supone en el mundo un orden de grado elevado. Esta convicción se confirma más y más con el desarrollo de nuestros conocimientos. Aquí está el punto débil de los positivistas y ateos profesionales que se sienten felices porque tienen conciencia no solo de tener, y muy exitosamente, el mundo privado de dioses, sino también de tenerlo despojado de milagros».Ante la imposibilidad de explicar la existencia del universo por puro azar, Voltaire, no sin sarcasmo, decía: «Llenen un saco de polvo, y échenlo en un tonel: agiten luego con fuerza por mucho tiempo y verán salir de ahí dentro cuadros, violines, jarrones con flores y conejos». Víctor Hugo definía el azar como «un plato hecho por listillos para que lo coman los bobos.

anecdotas y reflexiones