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El burgués acomodado o la tortuga neurótica

 

El refugio de muchos es un egoísmo burgués que se encierra dentro del caparazón de una vida autónoma, aislada, tendente a la comodidad, como la de una tortuga, a donde no les llega la llamada de la responsabilidad, ni las exigencias de la caridad, ni las verdades eternas, ni las penetrantes miradas de Cristo. Las voces externas siempre quedan suavizadas, filtradas por el espesor del caparazón. No les incomodan demasiado. Así consiguen un equilibrio mezquino que en beneficio de su propio sosiego nunca se excede.

Vive este tipo de burgués de una suficiencia ponderada: vive lo suficientemente tranquilo para no tener demasiadas responsabilidades, es lo suficientemente generoso para no ser llamado egoísta, es lo suficientemente trabajador para que no le consideren un parásito, es lo suficientemente amable como para tener algunos amigos con los que satisfacer su necesidad de compañía, lo suficientemente virtuoso para que su conciencia no proteste y nadie pueda decir que es un sinvergüenza, lo suficientemente ocupado como para no caer en pensamientos trascendentales que lo dejarían, como él dice, «neurótico»; esto es: vive lo suficientemente aturdido para no tener que pensar en los problemas fundamentales de la vida.

No se trata de una huida cualquiera. Es una huida «civilizada». Una «filosofía de vida liberal». Un verdadero sistema con un conjunto de principios y reglas que lo defienden de cualquier sorpresa molesta. No es un egoísmo vulgar. Es un egoísmo inteligente y funcional. Realmente, su existencia es la de un «funcionario» de la vida: los horarios bien ajustados, las fiestas familiares, los fines de semana holgazanes, las compensaciones de la buena mesa o del amor sensual... ese «vegetar» temeroso de cualquier entrega de sí mismo, domesticado por los atractivos de lo horizontal y por la seguridad del dinero, ese deslizarse a lo largo de días moderadamente agradables, tibios, sin preocupaciones... esa vidilla mediocre que comienza siendo placentera y termina por volverse insoportable. Insoportable especialmente cuando el «buen burgués» despierta asustado por una desgracia, una enfermedad, una decisión ineludible y comprometedora, una tarea que exige un esfuerzo para el que no está preparado, un acontecimiento cualquiera que le grita: ¡Levántate! ¡Piensa! ¡Alguien te necesita! ¡No eres un sonámbulo! ¡Dios te espera!... Es entonces cuando el burgués poltrón se irrita como un perro dormido al sol al que se despierta de una patada. Se irrita y se asusta al tener frente a sí a la vida real, que ha invadido las fronteras del feudo en el que estaba tan tranquilamente instalado.

Qué pena dan esas personas que jamás se han querido preocupar por nada serio y que, al salir de la consulta del médico, se empiezan a obsesionar por el cumplimiento exacto de un régimen, por tomar escrupulosamente los remedios a tal y tal hora, por acompañar «religiosamente», casi «supersticiosamente» todas las funciones de su organismo, pendientes todo el día de su mal y de leer y escuchar aquello que indique lo que puede calmar este mal... esa inseguridad que cualquier contrariedad desmorona, esa paz precaria a la que entristece cualquier noticia menos buena... ¡a él, que estaba tan seguro en otro tiempo!; ¡a él, que no se preocupaba por nada!

En este milenio, fluctúa en el ambiente una especie de hipocondría social, una enfermiza preocupación de estar enfermo que se manifiesta en una especie de «religiosidad», de culto al cuerpo, que tiene su propia liturgia: el jogging, la alimentación macrobiótica, los productos y bebidas light... En los gimnasios, en los herbolarios, en los espacios reservados para no fumadores... hay más hipocondríacos de lo que se imagina...

Es, naturalmente, una obligación humana cuidar y lo mejor posible de la salud, pero cuando se dedica una atención excesiva a la forma física, tal vez sea porque otros valores menos perecederos están siendo desatendi­os, o porque el sufrimiento físico y el temor a la muerte se vuelven algo insoportable.

Qué pena dan también esas otras personas que se han encerrado en una crisálida impermeable a las llamadas de la Fe y el Amor, y que mirando retrospectivamente su pasado ven apenas el tiempo perdido, la falta de ese poso fecundo que nos eterniza. Y terminan reconociéndose melancólicamente en aquel promotor del célebre «Casoaurizius» de Wassermann: «Contemplando sus últimos dieciocho años, la parte más decisiva de su existencia, una infinita cadena de días. Monotonía, monotonía. Dieciocho años en la vida de un hombre; el pelo se vuelve cano, pero, más concretamente, ¿qué ha pasado, qué sucedió? En el exterior: trabajo, carrera, posición, ¿pero qué, al fin y al cabo? Bien pensado, era un tiempo infinito. Existe una especie de aburrimiento que se instala en la vida de los «burgueses» que envejecen, tan devastador como la insaciable hormiga de los trópicos: el objeto por ella visitado parece intacto en la superficie, pero en su interior no queda más que la polvorienta carcoma. Una sacudida, un golpe, y la vida... sí, la vida, que es todo el edi­ficio, se derrumba en informe montón».

 Muchos se sienten presuntuosamente seguros dentro de su egocéntrico caparazón. El tiempo, sin embargo, como las hormigas, hace su trabajo. Poco a poco se van apagando los horizontes humanos; poco a poco se van perdiendo las motivaciones, la fuerza para luchar. De modo imperceptible. Solo por dentro. Y, sin aviso previo, un revés, una enfermedad, un pequeño golpe... y la vida entera se desmantela. Viene la depresión, cargada de preguntas: ¿qué utilidad va a tener mi vida en el futuro? ¿Para dónde voy? ¿Cuál va a ser el final de todo esto?... Y comienzan a hablar de ir a un psiquiatra porque se está desequilibrando su filosofía de vida, porque ya no funcionan sus mecanismos de defensa, porque lo que antes era fundamental (¡puras banalidades!) ahora ya no lo es, porque nunca habían sentido angustias como estas...No se dan cuenta de que lo que llaman desajuste es simplemente una toma de conciencia, un abrir los ojos a la realidad, una liberación de su caparazón de tortuga, un despertar de lo pasajero de la vida terrena a la luz de Dios, que se vislumbra en forma de nostálgica ausencia.

 «La relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón... no es difícil de conseguir en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera. ¿Vas a perder, por esa caricatura del cielo, la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin?»

¡Qué poco dura la felicidad de una tortuga misantrópica! ¡Qué triste debe de ser la soledad de una tortuga neurótica!

anecdotas y reflexiones