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CHESTERTON Y LA CONFESION

Cuando la gente me pregunta: «¿Por qué ha ingresado usted en la Iglesia de Roma?», la primera respuesta es: «Para desembarazarme de mis pecados.» Pues no existe ningún otro sistema religioso que haga realmente desaparecer los pecados de las personas. Catorce años antes de su conversión, escribiría en el Daily News, en respuesta a cierto articulista:

A su juicio, confesar los pecados es algo morboso. Yo le contestaría que lo morboso es no confesarlos. Lo morboso es ocultar los pecados dejando que le corroan a uno el corazón, que es el estado en que viven felizmente la mayoría de las personas de las sociedades altamente civilizadas.

Chesterton hubiera estado plenamente de acuerdo con estas palabras de Evelyn Waugh: «Convertirse es como ascender por una chimenea y pasar de un mundo de sombras, donde todo es caricatura ridícula, al verdadero mundo creado por Dios. Comienza entonces una exploración fascinante e ilimitada».

Hubiera suscrito estas palabras porque consideraba al cristianismo como un hecho histórico excepcional, verdaderamente único, sin precedentes, sin semejanza con nada anterior ni posterior. No una teoría, sino un hecho: el hecho de que el misterioso Creador del mundo ha visitado su mundo en persona. El hecho más asombroso que ha conocido el hombre, la historia más extraña jamás contada.

Sé que el catolicismo es demasiado grande para mí, y aún no he explorado todas sus terribles y hermosas verdades. El párroco de Chesterton recuerda que «la mañana de su Primera Comunión era plenamente consciente de la inmensidad de la Presencia Real, porque el sudor le cubría por completo en el momento en que recibió a Nuestro Señor. Cuando le felicité me dijo: Ha sido la hora más feliz de mi vida.» Con anterioridad, Chesterton le había confiado: «Me aterra la tremenda Realidad que se alza sobre el altar. No he crecido con ello y es demasiado abrumador para mí».

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