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CON DIOS Y CON LOS HOMBRES

El problema que nos plantea el evangelio de Dios se ha conservado hasta nuestros días: la necesidad y a la vez dificultad en conjugar la vida de relación y la vida interior. La vida en sociedad aumenta la comunicación con los demás. Encontramos personas distintas casi a cada paso.

En medio de tantas personas, en la muchedumbre, uno a menudo se siente desesperadamente solo. En los grandes edificios de la ciudad, la gente permanece cerrada en sus apartamentos, más aislados que en las celdas de los cartujos. Por lo tanto, debemos volver a los ideales que dieron origen a la vida religiosa: santificar la soledad y aprender a vivir con los demás en paz. Eso no significa que todos debamos ser religiosos, pero sería triste que el ideal de la vida unificada y pacífica no fuese accesible a todos.

Hoy existe un gran deseo de concentración interior. Algunos tratan de alcanzarlo con métodos que enseñan los especialistas orientales. Sin embargo, los métodos por sí mismos no pueden alcanzar los resultados si delante de los ojos no tenemos claro el fin. Dios nos ha creado y nos ha dado a cada uno su vocación. Seguirla fielmente unifica la vida. Quien busca la voluntad de Dios, está en algunos momentos muy contento de vivir solo, de rezar y reflexionar. Está solo pero con Dios. En otros momentos, la misma voluntad de Dios nos conduce a la sociedad, a buscar la unión en la familia, con los compañeros de trabajo, en el descanso. Podría decirse que el reto para el cristiano de siempre -y tal vez más hoy- consiste en encontrar la justa proporción.

anecdotas y reflexiones