principal
   
 

 

 

CONOCIMIENTO PROPIO



      No es nada fácil conocerse a uno mismo. La sabiduría griega propondrá ese conocimiento como meta suprema de la vida. «Conócete a ti mismo» es lo que Sócrates procura para sí y para quienes le escuchan. «Que me conozca, Señor, y que Te conozca» es el resumen de todos los intereses agustinianos.
      Cuenta Goleman que un samurai pidió a un anciano maestro zen que le explicara el cielo y el infierno. Pero el monje le replicó con desprecio:
      -No eres más que un patán, y no puedo perder el tiempo con tus tonterías.
      El samurai, herido en su honor, desenvainó su espada y exclamó:
       -¡Tu impertinencia te costará la vida!
      -¡Eso es el infierno! -replicó entonces el maestro.
      Sorprendido por la exactitud del maestro al juzgar la cólera que le estaba atenazando, el samurai envainó la espada y se postró ante él, agradecido.
      -¡Yeso es el cielo! -concluyó entonces el anciano.
     Esta historia ilustra a la perfección la diferencia entre estar atrapado por una pasión -la ira en este caso- y darse cuenta de que se está atrapado. Por eso el «conócete a ti mismo» constituye la piedra angular de la inteligencia emocional. Para actuar bien conviene conocerse bien. No se trata de desarro1lar un morboso afán de introspección, sino de procurar no vivir con uno mismo como un desconocido. Nuestra conciencia emocional y el análisis ponderado de la realidad nos ayudarán, entre otras cosas, a combatir la inestabilidad de ánimo del que sueña con fantasías, del que se sobrevalora y del que se subestima. Además, porque todos tendemos a disculpamos más o menos, parte importante del conocimiento propio es advertir ese sutil autoengaño y admitir la completa responsabilidad que tenemos en la mayoría de nuestras acciones u
omisiones.
     Con perspicacia ha escrito Susana Tammaro que el conocimiento propio es doloroso, pues una parte de nuestro corazón está en la sombra. Y «contra ese doloroso descubrimiento se oponen en nuestro interior muchas defensas: el orgullo, la presunción de ser amos inapelables de nuestra vida, la convicción de que basta con la razón para arreglarlo todo. El orgullo es quizá el obstáculo más grande: por eso es preciso valentía y humildad para examinarse con hondura».
     Parte de la educación sentimental consiste en aprender a expresar con palabras los propios sentimientos, a no percibirlos como un manojo desconcertante de tensiones sin nombre, que nos hacen sentimos extrañamante mal.
     En el libro Educar los sentimientos, Alfonso Aguiló nos ofrece una esclarecedora relación de defectos relacionados con la educación de los sentimientos:


Timidez, apocamiento, temor a las relaciones sociales.
Susceptibilidad, tendencia exagerada a sentirse ofendido.
Tendencia a dar vueltas en exceso a los problemas y preocupaciones.
Perfeccionismo, rigidez, insatisfacción.
Pesimismo, tristeza, mal humor.
Hábito de mentir, engañar o simular.
Gusto por incordiar, fastidiar y llevar la contraria.
Exceso de autoindulgencia y descontrol en la comida, la bebida y otros placeres.
Tendencia a refugiarse en la fantasía y a la vida perezosa.
Excesiva dependencia emocional de los demás.
Charlatanería y frivolidad.
Resistencia a aceptar las exigencias razonables de la autoridad.
Tendencia al capricho, las manías o la extravagancia.
Falta de fortaleza ante las contrariedades inevitables de la vida.
No saber perder o no saber ganar.
Dificultad para comprender a los demás y hacemos comprender por ellos.
Dificultad para trabajar en equipo.

La imagen que uno tiene de sí mismo condiciona su conducta. Hay deportistas y equipos que saltan derrotados al terreno de juego porque se consideran muy inferiores al rival. Si me considero
incapaz de hacer algo, me resultará extraordinariamente costoso hacerlo. En cambio, el conocimiento propio propicia la madurez y la estabilidad de carácter. El que se conoce bien no se altera fácilmente por una opinión favorable o desfavorable sobre su persona, por un pequeño triunfo o un fracaso, por una buena o mala noticia. Al contrario, se enfrenta a sus defectos con realismo e inteligencia, aprendiendo de cada error, evitando su repetición, conociendo sus limitaciones y posibilidades.
    La percepción que cada uno tiene de sí mismo depende mucho de la que tengan los demás. De ahí la importancia de sentirse valorado y querido por quienes nos rodean. También por eso, gran parte de los trastornos afectivos tienen su origen en una deficiente comunicación con las personas más cercanas. Para evitar esos problemas, o para intentar subsanarlos, es preciso establecer buenas relaciones personales, sobre todo en la familia, entre amigos, con los vecinos y colegas de trabajo. Por eso, la educación de los
sentimientos reviste a veces tanta dificultad, y supone un auténtico reto de ingenio y de paciencia, un verdadero arte. Lo que está claro es que la forma más segura de lograr un cambio real en los
sentimientos es por medio de la acción. Si la reflexión no nos lleva a la acción, no cambiaremos. Aristóteles decía que no nos interesa tanto saber en qué consiste la salud como estar sanos, ni saber en qué consiste el bien como obrar bien. Pero obrar bien, a su vez, no consiste en realizar actos aislados, sino en repetir actos
hasta lograr la consolidación de hábitos.


anecdotas y reflexiones