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 LAS CONSECUENCIAS DE LA EVASIÓN

 

Hay muchos tipos de fugitivos de la realidad. No podemos creer que el perfil de los «fugitivos»  constituya un tipo único y definido. Las características de unos y otros se cruzan y entrecruzan, formando centenares de modelos, bien diferentes entre sí. Todos ellos, sin embargo, terminan por desembocar en el mismo camino; tarde o temprano sufren las consecuencias de su huida.

Estas consecuencias no dejan de tener su importancia y gravedad. Es común oír: «Dios perdona siempre; los hombres algunas veces; la naturaleza, nunca». La naturaleza no perdona. La evasión esencial, consistente en última instancia en reprimir, de alguna manera, nuestra di­mensión espiritual -parte inseparable de la naturaleza humana- nunca deja de acarrear sus efectos colaterales. Detengámonos ahora en este punto.

 Muchas veces, cuando queremos adivinar la causa de ciertos temores e inseguridades, si profundizamos, llegamos a encontrarla allí, bien agazapada: en la falta de una razón básica que dé sentido a la existencia, en la ausencia de una respuesta existencial al último porqué. ¿Cómo se puede vivir seguro si el último eslabón de la cadena lógica del pensamiento pende del vacío, no tiene soporte? ¿Qué sustento vamos a tener así?

No es difícil descubrir en esta inestabilidad interior la causa de muchas inseguridades, desconfianzas y perplejidades, que aparentemente nada tienen que ver con el problema religioso.

Cada uno podría relatar aquí sus propias experiencias. Cualquiera de nosotros podría hacer desfilar ante su propia memoria esa larga sarta de lamentos susurrados en los pasillos de la facultad, en la puerta de la fábrica o de la oficina, en casa, en una cafetería o en la calle: un compañero que nos dice: «mi vida está ahí, delante de mí, como una incógnita». Un amigo que hace una confidencia: «no sé cuál es la realidad para la que vivo, tengo la impresión de estar aquí como si me hubiesen abandonado en el escenario de un teatro lleno de espectadores, sin saber cuál es mi papel. ¿Para qué vivir, para qué trabajar?». Un vecino que se desahoga, en una charla breve: «tengo miedo siempre de que les pueda pasar algo malo a mis padres. Es un pensamiento que me asalta sobre todo cuando estoy fuera de casa y me llega una carta, o llaman por teléfono..., también tengo miedo por mí..., por mi salud... ¡qué de presentimientos!».

Un pariente que va a presentarse a una prueba importante: «estoy inseguro con respecto a mi futuro, no sé qué me pasará si me suspenden; ni siquiera sé si habré acertado si me aprueban». Un conocido cualquiera: «dudo, siempre estoy dudando, cuando tengo que tomar una decisión me siento mal.

Es como si estuviese en una bifurcación del camino: no sé qué dirección tomar, y si escojo una, siempre me parece que me he equivocado, ¿por qué me pasará esto...?».

Esta inseguridad provocada por la falta de sentido influye en muchos ámbitos de la vida y, frecuentemente, viene a perturbar la vida conyugal.

Una persona unida en matrimonio debe crear con su cónyuge un núcleo común de sentimientos, ideas y valores. Pero no se podrá contribuir en nada, ni se podrá enriquecer nada, cuando se sufre la carencia fundamental, la carencia de sentido. Apenas se logrará transmitir al otro el angustioso vacío propio. Y el matrimonio vacío será un matrimonio frustrado. ¿Qué mecanismos psicológicos podrá poner en movimiento ante el fracaso, la enfermedad o la depresión? ¿Qué valores podrá comunicar a su pareja cuando él mismo está vacío de valores profundos? ¿Qué podrá sentir conviviendo con un cadáver, conversando, durmiendo y compartiendo las alegrías y las penas con un cadáver? ¿Qué es sino un cadáver viviente el hombre a cuya existencia le falta el sentido?

Es preciso encarar en profundidad no solo una filosofía de vida, sino un cuerpo doctrinal -una fe religiosa­ que responda a los últimos porqués de la existencia humana. Esto representará el cimiento en que se fundamente un proyecto vital que impregne de sentido al trabajo, a la vida familiar y social y, sobre todo, al amor conyugal.

Cuando falla el sentido religioso de la vida es muy difícil que se consolide el amor estable y duradero. Recuerdo que un día una señora, que ya había cumplido los cuarenta, me decía: «Soy muy insegura, miedosa. Lo que más me atrajo de la personalidad del hombre que luego sería mi marido era su seguridad en lo profesional. Era un médico que sabía bien lo que hacía. Quizá me casé con él por eso. Pero, pasados los años, ante la enfermedad grave de uno de nuestros hijos, y viendo que la medicina no encontraba la solución del problema, mi marido quedó completamente arrasado. Allí comprendí lo débil que era. No tenía convicciones profundas. Era católico por tradición, pero no practicaba. Se adhería a una especie de deísmo escéptico que le parecía muy acorde con su categoría científica, pero todo eso no era más que un barniz, una "pose" intelectual esnob. En el fondo era débil, más débil que yo. Por lo menos, yo tenía fe, muy débil, es verdad, pero fe al fin y al cabo. Él no tenía dónde agarrarse. Le preguntaba: ¿de qué te sirve tu ciencia? ¿Para qué vivimos, para qué morirse? ¡Maldita vida! Él callaba y yo me hundía cada vez más. Al final fue nuestro propio matrimonio el que se hundió. Quería encontrar apoyo y fortaleza en mi marido, y solo encontraba angustia y pesimismo».

Para superar esa crisis matrimonial es necesario responder con acierto a estas preguntas: ¿Qué es lo que en última instancia pretendo? ¿Vivo para Dios o para mí mismo? ¿Comprendo que si vivo para mí mismo no tengo otro destino que la muerte, pero que si vivo para Dios soy coherente con los principios de mi fe? ¿Estoy orientando mi matrimonio de acuerdo con las directrices de mi fe? ¿Estoy dispuesto a echar mano de todos los medios para vivir con esa coherencia, con esa unidad de vida, en la tarea de procrear y educar a mis hijos?

La respuesta a estas y otras preguntas pueden ser la primera etapa en el proceso de solucionar el más fundamental problema de la vida humana: despejar la incógnita de su destino eterno.

En todas estas situaciones de inseguridad está latente con frecuencia, según estamos viendo, un problema religioso: no ha sido resuelta la cuestión que aborda el sentido fundamental de la vida, y se siente como si un destino ciego pudiera, en cualquier momento, descargar sobre nosotros su poder destructor. Existe un miedo oculto a la desgracia, a la muerte. Falta, en conclusión, la certeza viva de que Dios es nuestro Padre infinitamente bueno, que nos ha creado para encomendarnos una misión y ser felices. No existe -¡en tantos!- esa confianza en Dios Padre que está patente en la conciencia cristiana, que da tanta paz y tanta seguridad: «para los que aman a Dios -nos dice San Pablo-, todas las cosas contribuyen al Bien» (Rm 8, 28). Sin Dios la vida no tiene fundamentos sólidos; puede temblar o desmoronarse por cualquier viento o riada.

Qué significativas son, en este sentido, las palabras del Evangelio: quien vive lejos de Dios «es semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias torrenciales, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y se precipitaron contra la casa, y esta se desmoronó, y su ruina fue completa» (Mt 7, 26­28). Pero ya, antes de llegar a la ruina -el fracaso de una vida sin eternidad-, se sienten los temblores del suelo en la rotura de convicciones que parecían pilares indestructibles, en el deslizamiento de las capas más profundas de la personalidad, y por todo eso se siente esa inseguridad, esa ansiedad.


 

anecdotas y reflexiones