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El avestruz

La mayoría de las personas que viven lejos de Dios -y quizá todos nosotros hemos vivido alguna vez lejos de Él­ no niegan su existencia de manera explícita, bien definida en su pensamiento, sino que la niegan, implícitamente, con su conducta. Construyen una vida independiente de Dios, autónoma, a semejanza de aquel viaje del buque fantasma, sin pensar con seriedad cuál es el postrero puerto de destino de la vida.

Esta forma de viajar, este modelo de vida es muy variado, y cristaliza en no pocos tipos humanos. El avestruz es uno de ellos.

La ceguera voluntaria: «lo mejor es no pensar». Estamos adivinando por detrás de mil rostros el gesto ridículo del avestruz que esconde la cabeza en la tierra al darse cuenta de que le ronda una fiera. Es la actitud de quien no quiere pensar porque tiene miedo de que la verdad lo incomode y le cree problemas de conciencia o le obligue a cambiar de vida: por eso procura no leer determinados libros, no hablar con un sacerdote, no asistir a charlas o retiros que le pudieran ayudar a reflexionar. Le da miedo el silencio. Un silencio que le grita la verdad. Así se comporta: «todo aquel que practica el mal aborrece la luz y no se acerca a la luz para que no sean censuradas sus obras» (Jn 3, 20).

Los que actúan así huyen de todo lo que les obligue a romper un género de vida al que están acostumbrados. Se refugian en la ignorancia para no sentir remordimientos, para poder esgrimir este alegato: «Estoy libre de culpa porque no sé lo suficiente. Estoy libre de incriminaciones porque no conozco mis responsabilidades». Provocan a propósito su propia ceguera para después justificar sus errores diciendo que no ven. ¡Resultan, a veces, tan tranquilizadores esa niebla mortal, esos estados crepusculares de semi responsabilidad!

«Así, proceden en su conducta -escribe San Pablo- según la vanidad de sus pensamientos, todo oscurecido de tinieblas su entendimiento, alejados de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos por la ceguera de sus corazones» (Ef 4, 17-18).

Hay gente tan «lista» que consigue pergeñar con tanta habilidad una mentira que ellos mismos acaban por convencerse de que es una verdad; como si al esconder la cabeza en la tierra, al igual que hace una avestruz, la fiera desapareciese de verdad, como si lo que ahora les da placer no fuera a terminar nunca, como si la salud fuese un bien imperecedero...

Pero esa situación psicológica -«lo mejor es no pensar»- es extraordinariamente inestable. ¿No pensar en qué? ¿En la muerte? Entonces es urgente, a cambio, pensar en la vida. Esa idea, sin embargo, arrastra otras ideas gemelas: ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿qué será de mi vida dentro de sesenta años? Y de ahí al pensamiento de la muerte y la eternidad -el pensamiento que justamente quería evitarse- hay apenas un paso.

¡Ah, no! Lo mejor, la verdad, es no pensar en nada serio... ir viviendo... ir llevando la vida... ¿Pero es posible vivir así, sin pensar nada que me afecte íntimamente? ¿No estaré desertando de mi condición racional?

Por eso, el recurso de la evasión pura y simple -no querer ser consciente- busca siempre un refuerzo que le dé consistencia: el aislamiento burgués y cómodo, el exceso de trabajo, las diversiones, las teorías justificadoras y otros recursos más, que bien podrán ocupar nuestra atención durante algún tiempo.

anecdotas y reflexiones