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El buque fantasma

 

Cuando pienso en las personas que se evaden de las  principales cuestiones de la vida  para morar en su mundo de ensueños me viene a la cabeza la imagen de un barco que navega sin rumbo. Imaginemos un trasatlántico moderno que surca el mar a gran velocidad y con gran precisión, pero... sin destino. Dentro del mundo de la embarcación, todo es lógico e inteligente; los engranajes, émbolos y bielas transmiten a las hélices del barco el potente movimiento de los motores que se someten dócilmente a las órdenes del comandante, así como los marineros y empleados de a bordo, se entregan con afán a las tareas que les corresponden. La variedad de las comidas, la más exquisita comodidad, las relaciones sociales, el amor, el juego, deportes y diversiones distraen admirablemente a los pasajeros. Parece un pequeño paraíso. Por dentro del casco del barco, el régimen de vida es ideal, sin embargo, vistas las cosas por fuera, todo es absolutamente irracional. Porque ninguno de los navegantes sabe para qué está allí y cuál es el puerto de llegada. Cuanto más inteligente y divertido sea su género de vida, más irracional será. Precisamente porque esta placentera existencia -esa lógica alienante- es lo que le hace olvidar su conducta ilógica, igual que el paranoico se autoconvence y se calma con «argumentos inteligentes», enmascarando y ocultando su locura. Y así es; una verdadera locura: un día cualquiera, sin saber cuál ha de ser concretamente, los motores se paran por falta de combustible y todos son engullidos por las olas. Ese es su último destino. El único que cabe dentro de su inteligente irracionalidad.

Sin embargo, nadie en aquel barco se atreve a pensar porque les da miedo, porque el pensamiento de su destino postrero les carga con «toneladas de espanto», como decía Vadin, aquel enfermo ruso de Pabellón de cancerosos de Soltzenitzin : y sus hombros solo pueden cargar frivolidades. Mucho menos osarían hablar de cosa semejante: « ¡qué desagradable!, ¡qué mal gusto!, ¡no habléis más de eso, por favor! ¿Para qué esa manía de entristecerse sin necesidad? ¿Para qué preocuparse con la vida futura si la presente es tan bella?» -preguntarían con Oblonski-, « ¡puro masoquismo! »... Solo esto les puede llevar algo de tranquilidad: el venenoso narcótico del olvido, unido al éxito y al placer del momento, que les impide to­mar conciencia, anestesiándolos, de su irracionalidad.

Pero, de repente, el barco... se hunde.

Hay muchos que se evaden embarcándose en un modelo de vida semejante al de este buque fantasma. Elaboran un proyecto existencial cerrado en sí mismo, seguro, como un casco de acero, y en él embarcan: con autonomía de navegación, con una potente maquinaria de motivaciones, con perfectos engranajes de comportamientos y metas. Cada ocupación, cada hora de estudio y de trabajo, cada acción y cada esfuerzo están subordinados a una serie de fines escalonados: adquirir una determinada aptitud profesional, un nivel económico, una proyección social, lograr un ámbito de prestigio o influencia, satisfacer sus necesidades intelectuales, afectivas y sexuales, fundar, tal vez, una familia, crear una empresa... y ser feliz con todo eso. Pero con todo eso, si a ese mecanismo perfectamente programado le falta su fin último, le falta Dios, será un barco sin puerto, algo absolutamente irracional.

La irracionalidad está en que esos hombres viven para la muerte, trabajan para la muerte, ganan dinero para la muerte, adquieren prestigio y procrean para la muerte.

¡No! No pueden pensar que viven, trabajan, se lucran y progresan para sus hijos. ¡Eso son cuentos! Porque si sus hijos también tienen su mentalidad, la única cosa que harán es recibir esa herencia para la muerte: la sucesión reiterada de destinos absurdos no cambia el carácter absurdo que tiene cada destino en particular, y también todos en conjunto.

Hablamos de irracionalidad porque esas personas se agarran con ahínco a la vida terrena como si fuese eterna, sabiendo que no lo es, pero sin querer saberlo. Por eso estas mismas personas, al leer el párrafo anterior, habrán sentido la tentación de exclamar, como aquel funcionario ruso: « ¡Ya se ha hablado demasiado de la muerte! ¡No pensemos más en eso!». Mientras tanto, en el fondo de su conciencia, siempre se alzará un murmullo que les diga, como Kostoglotov: « ¿Qué es lo que más temes en el mundo? Morir, ¿no? ¿Y de qué asunto te da más miedo hablar? De la muerte, ¿verdad? Pues bien, ¿sabes cómo se llama eso? Se llama hipocresía, doblez, fuga, evasión: esa fragmentación íntima de la personalidad que pone de manifiesto la paranoia».

Llamamos irracional a esa vida, porque aunque se alimente del combustible de las motivaciones humanas -que hábilmente se sustituyen entre sí-, este combustible algún día se agotará. Es bien sabido que la mejor manera de conservar el entusiasmo de la juventud es renovar los ideales. Un hombre de cincuenta años sin una meta en la vida es un hombre muerto. Sí, pero, ¿qué meta puede tener, aparte de la eternidad de Dios, un hombre que tiene sus días contados? ¿Y quién no tiene sus días contados? ¿Quién le garantiza a un muchacho de quince años, cinco años más de vida? Vivir sin Dios no es solo navegar sin un punto al que arribar, sino que es también -porque se ignora la duración del combustible- desconocer el momento en que ha de llegar el fracaso completo. En cualquier instante puede llegar el silencio. Hace un segundo vibraba, ahora el motor se ha parado. Comienza la inmovilidad. Dentro de poco, el hundimiento. Navegar así debe de ser terrible.

La irracionalidad consiste en que, sintiendo que cada gota de sangre, cada partícula del cuerpo, cada fibra de corazón, cada pensamiento del cerebro, clama por la eternidad, tiene sed de perpetuar su felicidad, el hombre se nutre con alimentos efímeros, que no sacian y que terminarán defraudándoles, ahogándoles en un mar sin esperanza.

Lo irracional estriba en que alguien que, al menos en teoría, cree en Dios y en la eternidad, no viva como si de verdad creyera.

¿No es una locura saber que Dios vive, y vivir como si no se supiese? ¿No es esto en verdad paranoico? Bien, pues es en esta paranoia en la que reside, fundamentalmente, todo el proceso evasivo.

¡Pobres barcos a la deriva! Los evadidos -tal vez no lo saben- están huyendo de algo, de algo muy íntimo y fuerte, digno y sagrado: están huyendo de ellos mismos, están eludiendo furtivamente la imagen de Dios que llevan lacrada en su corazón. Están galopando en sentido contrario a la Felicidad y al Amor que tanto desean.