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EL DERECHO A LA VERDAD

 La expresión el "derecho a la verdad" tiene un sentido muy profundo y actual. La verdad tiene sus "derechos". Y el primero es el de "ser buscada con todo interés". y, como los derechos de uno traen consigo deberes correlativos, resulta que toda persona tiene el deber ineludible
de "buscar la verdad con todo interés y sinceridad". Buscar la verdad y el bien es la actividad más noble de la persona humana.


Pero...¿No es esto contrario a la libertad? En absoluto. Precisamente la libertad es un derecho imprescindible para poder buscar la verdad y seguirla, una vez encontrada. Y ahí está el segundo de los derechos de la verdad: la verdad, una vez encontrada, exige que el hombre la
profese y viva de forma coherente con esa verdad. En esto consiste la ética, la moral, el comportamiento auténticamente humano. Verdad y libertad están tan profundamente unidas que, según la frase de Jesús, "la verdad os hará libres". Aunque suene a paradójico, podemos decir que "ser esclavos de la verdad es ser auténticamente libres". De los fariseos decía Jesús que eran esclavos, porque estaban en la mentira.

 Toda persona humana tiene derecho a conocer la verdad, a que se le diga la verdad. Con esto están relacionados muchos aspectos importantes de la vida y de la sociedad. Todos tienen derecho a recibir la formación, especialmente en las cosas más fundamentales de la vida; formación que, para ser tal, habrá de incluir la manifestación leal de las exigencias de la verdad propuesta, e incluso el estímulo a la aceptación de las mismas. Y la ayuda conveniente para seguirlas. Ahí radica la diferencia entre la simple "información" -aunque sea objetiva- y la auténtica formación.

Siguiendo con el "derecho a la verdad" todos los ciudadanos tienen derecho a recibir de los responsables una información objetiva sobre los acontecimientos que inciden en la vida de la sociedad. Ahí está también la gran misión de los medios de comunicación social que han de estar siempre al servicio de la verdad y de la convivencia y, por tanto, no pueden estar monopolizados ni manipulados por ninguna clase de poder político, económico o ideológico. A este respecto, importa mucho que todos sepamos discernir que no todo lo que se brinda desde los medios de comunicación social es conforme a la verdad. Este discernimiento vigilante es señal de personalidad.

 
De este derecho que todos tienen de conocer la verdad deriva un deber en quien la posee de comunicarla con generosidad y oportunidad. Pongamos un ejemplo. La Iglesia tiene el sagrado deber de hacer todo lo que esté de su parte para que la verdad de la fe se difunda en todos los pueblos de la tierra y llegue a cada una de las personas. Al mismo tiempo que es el mandato de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio", es una exigencia interna de la misma verdad y la respuesta a un derecho, el más profundo, de toda persona humana:
conocer la verdad y, en especial, la verdad religiosa, que es la más trascendente.

Con respecto a este ejemplo, ¿no se considera esto un proselitismo inoportuno y contrario a la libertad de opinión y a la libertad religiosa?
 La proclamación leal del evangelio, con el respeto debido a la conciencia de cada uno y sin querer forzar a nadie a su aceptación, no es proselitismo inoportuno ni va en contra de ninguna libertad. Es, por el contrario, la mejor colaboración a la convivencia, a la paz del mundo, al bienestar de todos, al auténtico progreso, al gozo y a la libertad verdaderos. Y precisamente porque en ello están en juego los valores más humanos y trascendentes a la vez, es el deber más urgente que tiene la Iglesia, lo que se llama el deber misionero, la proclamación
de la verdad del Evangelio en todo el mundo.


La libertad de expresión ¿tiene algún límite ético? En realidad, toda acción humana tiene unos "límites éticos", unas exigencias éticas, y, por tanto, también la libertad de expresión, sea particularmente, sea en los medios de comunicación social. Podemos decir que los dos aspectos fundamentales de esta ética son la verdad y la discreción. Sobre la verdad ya hemos hablado anteriormente. Respecto a la discreción, hemos de tener en cuenta que cualquier información que demos ha de estar al servicio de la justicia, de la convivencia, del honor de las personas; en una palabra, al servicio del bien. Y está claro que no toda información -aunque sea verdadera- está al servicio del bien. Difamar a las personas, descubrir defectos de los demás sin un motivo grave, etc ... son acciones no éticas, aunque estén de moda y aunque sean "rentables".


¿No puede haber algún caso en que sea lícito mentir? La mentira es decir o hacer algo contrario a la verdad con intención de engañar
a quien tiene derecho a conocerla. Puede haber casos en los que el interlocutor no tenga ningún derecho a que se le revele una información concreta, que incluso podría utilizar para causar un mal. Ocultar la verdad no sería en este caso mentira, según la definición que de ella acabamos de hacer.

Entendemos que la mentira está en las palabras. ¿Puede estar también en las acciones?  Naturalmente; hay muchas acciones que son una auténtica mentira. Así, por ejemplo, las estafas, la falta de honradez en los negocios, copiar en los exámenes, buscar influencias en una oposición, ser parcial en los juicios, dejarse sobornar, no pagar los impuestos justos, la hipocresía o doblez de vida, etc., etc.
Todo ello es una falta de lealtad y honradez, que socava los fundamentos de la convivencia y de la sociedad.

Contra estas actitudes de mentira, hay una virtud muy necesaria hoy día y siempre. Es la coherencia: vivir de acuerdo con la verdad que sabemos y profesamos, aunque ello comporte incomprensiones, críticas o cualquier otra dificultad. Un hombre coherente y leal es un bien para toda la sociedad.

 

anecdotas y reflexiones