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El trabajador maníaco

 Hay gente que se evade lanzándose al trabajo como un loco, casi furiosamente. Parece que lo estuvieran persiguiendo. Y esa es la verdad: lo persigue el espectro de su personalidad vacía. Deposita en su éxito profesional todas sus esperanzas. Tiene miedo de fracasar por completo.  El triunfo externo es el que da valor a su raquítica personalidad interior. Por eso huye de sí mismo y se evade en el trabajo.

Es interesante observar la actitud a veces ridícula de esos hombres de negocios tan serios a los que les sobran tantos millones y les falta tanta paz. No pueden descansar. Necesitan ganar más dinero. Tener más brillo. Subir más alto. ¿Para qué? ¿Para poder usar un coche más lujoso o comprarse un helicóptero? Puede ser. Pero si buscáramos más hacia el fondo, encontraríamos otra razón: están haciendo un absoluto de su éxito porque, inconsciente­mente, huyen del verdadero Absoluto.

Estos hombres, cuando son subalternos, pierden la salud hasta que llegan a ser jefes; si son jefes, no duermen hasta llegar a sentarse en la silla del Director General para demostrar que pueden subir alto, tanto como la hipertensión de sus arterias. Estos hombres se matan a trabajar para satisfacer la vanidad de su mujer con una casa más vistosa, o el orgullo de un hijo con un coche último modelo. Estos hombres, para afirmarse, pierden la sereni­dad solo porque un empleado no se dobla ante sus caprichos, o se encolerizan porque no les preparan la comida apetecida o se enfadan porque su nombre no ha salido en el periódico como esperaban. Estos hombres se ven en una situación embarazosa cuando se les hace una simple pregunta sobre religión, o se llenan de miedo cuando ven en un pequeño quiste el posible indicio de un cáncer o, en un día no laborable, sienten una inexplicable depresión...

 Estos hombres, que parecen autosuficientes y poderosos, son en el fondo extremadamente débiles, dependientes, frágiles, vulnerables y llenos de carencias. Para ellos, esas irritaciones, esos miedos y depresiones son como la vibración de un radar interior que señala la presencia del vacío y les advierte, con un aviso de emergencia de que, a pesar de sus éxitos, su vida no tiene sentido, de que no están cumpliendo la misión dada por Dios, de que sus trabajos y actividades sociales no pasan de ser una huida...

Para ciertos individuos, el ocio, el no trabajar, son verdaderamente letales, porque arrancan la máscara de su laboriosa actividad para revelar el esqueleto de su raquítica intimidad o, tal vez, la imagen de un Dios al que, inexplicablemente, tienen miedo. Por eso, lo que se viene llamando «neurosis dominical», «neurosis de desocupación», podría llamarse, en la mayor parte de los casos, «neurosis de ausencia de Dios».

anecdotas y reflexiones