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La frustración

 

La inseguridad, la ansiedad, al igual que los procesos neuróticos, van frecuentemente acompañados de otras manifestaciones dolorosas, entre las cuales podemos destacar la frustración. La frustración es una tentativa de realización personal fracasada, una motivación vital que no alcanzó el éxito deseado. La motivación, la expectativa de felicidad, es necesaria para sustentar cualquier proyecto vital. Cuando hay motivaciones la vida cuenta con energías suficientes para superar cualquier dificultad u obstáculo, con la disposición suficiente para continuar caminando. Pero si las motivaciones desaparecen, se tiene la impresión de que el combustible se acaba, de que el motor de la vida se para. La frustración definitiva se adueña de aquellos que huyen por el túnel de la evasión y no se asoman al benéfico calor de la fe.

Nuestras experiencias personales así lo confirman. Nos dicen que existen dos clases de frustración. La primera la sentimos cuando no conseguimos aquello que deseamos -¡cómo nos irritamos, a veces, cuando fallan nuestros proyectos, o las circunstancias y las personas no corresponden a nuestras expectativas!-; la segunda -mucho más profunda y dolorosa-, nos viene cuando conseguimos aquello que deseamos y nos damos cuenta de que, al final, aquello no nos satisface: « ¿Tantas esperanzas para esto? ¿Tantas luchas, tantos sufrimientos solo por esto?». No era lo que imaginábamos, no era aquello precisamente lo que buscábamos... Era algo más alto, más pleno, más perfecto... sin darnos cuenta, queríamos dar a lo terreno la categoría divina...

No raramente se diviniza una meta humana: ¡cuántas veces los espejismos del amor divinizan a una mujer o a un hombre y, después, qué tremenda decepción se experimenta al no encontrar en el hombre al dios que esperábamos, al no hallar en la mujer la diosa con la que soñá­bamos!

De este modo expresa Wassermann el desencanto, y luego la desesperación de su famoso personaje Maurizius cuando, pasado el tiempo, se da cuenta del verdadero valor de Ana, por cuyo amor, convertido un absoluto por su imaginación, había sacrificado apasionadamente la vida entera:

« ¡Dios del cielo, qué estúpida es! ¡Increíblemente estúpida! Belleza, alma -todo lo que parecía ser alma-, gracia, encanto, seducción, pasión demoníaca y capacidad de sufrimiento, todo aquello no era más que una capa de barniz dada por un pincel muy fino, los años han quitado el maquillaje y muestran bien claro su fondo miserable; la naturaleza ha desnudado su propia mentira. Nada de corazón, nada de comprensión del destino, ningún reflejo de un mundo superior, solo escenarios de teatro, solo imitación, solo estupidez, como la de esos que se han que­dado marcando el paso en el mismo lugar, por el camino de la vida, como los muchos muertos de la existencia humana que no reconocen la muerte de su propio corazón, de su espíritu. ¡Estúpida como un fantasma!... ¡Y todo por esto! ¡Por esto, Dios mío! ¡Por esto tanto tormento y martirio, la tormenta y la aniquilación, tantos años de tumba!»

El tiempo, tanto cuando cubre las cosas misericordiosamente como cuando las destapa de modo cruel, tiene unas maneras soberanas de mostrar en su mezquindad la verdadera medida y relación de lo que aparece a nuestros ojos como un inexplicable laberinto de misteriosa profundidad .

¡Cuántos hombres y mujeres ya han aprendido, de esa soberana lección del tiempo! ¡Cuántos, después de recoger los despojos de su naufragio matrimonial, han llegado a darse cuenta de que, en vez de casarse con un hada o con un príncipe -con un modelo idealizado de criatura-, se han casado con Ana o María, con Mauricio o con José, con hombres y mujeres de carne y hueso, limitados por su temperamento y por sus defectos, sometidos al natural desgaste del trabajo, los años y las enfermedades!

Hay un antiguo dicho que es, en este sentido, sumamente expresivo: «el tiempo y el desengaño son dos amigos leales que despiertan al que duerme y enseñan al que no sabe»...

 El paso del tiempo, la perspectiva del tiempo tiene una pedagogía inigualable. Acordándonos de aquellos «dramas» de nuestra infancia o juventud -tal vez fuimos suspendidos en una asignatura, se nos murió un cachorro o sufrimos una decepción sentimental...- hoy, más que «tragedias», seguramente nos parezcan «juegos de niños» que nos hacen sonreír. Pues bien, podríamos también pensar que un hecho doloroso que nos aflige en un momento determinado, al pasar de los años, vendrá a ser cubierto por el benigno manto del tiempo, que le quitará el filo a sus aristas y nos hará ese acontecimiento menos penoso. Deberíamos aprender a pasar por encima de lo que nos sucede y colocarnos en la atalaya de Dios -en su eternidad- para ver nuestra existencia con la serenidad de quien está por encima del paso del tiempo. Y lo que acontece con el tiempo, también sucede con el desengaño y la frustración que tanto nos hacen sufrir. Estos sentimientos podrían llegar a ser para nosotros lecciones que nos enseñen el relativo valor de lo material y la más alta perspectiva para la que fuimos creados.

Sí, la frustración, a la que casi siempre consideramos un golpe, una herida, bien podría volverse para nosotros una consejera, una amiga que nos enseñe la verdadera medida y valor de las realidades que nos circundan y, con ello, el auténtico sentido de nuestra vida.

 

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