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LA EVOLUCIÓN Y El hombre

      Si situáramos a la vida ante nuestra visión crítica -tal como ponemos un objeto que desconocemos bajo el microscopio- para analizarla a fondo, tal vez nos sorprendiéramos pensando como cierto compañero mío de la facultad, que se sentía angustiado porque acababa de tomar conciencia de que la vida no había sido escogida por él, no sabía por qué estaba en la universidad ni qué iba a ser de él después de la muerte.

     Es verdad que la existencia racional nos ha sido impuesta. Nos fue dada como dádiva graciosa sin que pudiésemos hacer nada para aceptarla, rechazarla o poseerla. Es algo que nos ha sido dado, algo venido de fuera. Podríamos preguntar: ¿una oferta de las masas de basalto en su proceso de enfriamiento y solidificación? ¿Un regalo de las moléculas de hidrógeno sometidas a altas presiones? ¿Una consecuencia fortuita de choques eléctricos? ¿No son todas estas proposiciones absurdas: que lo caótico me traiga lo inteligente, que lo material me dé lo espiritual, que lo informe me otorgue una capacidad creadora susceptible de transformar la materia y la energía de la que provengo?

    ¿Cómo vamos a poder reducir al hombre a simple subproducto de unas rígidas leyes de evolución y de selección natural, cuando él mismo puede destruirse y cambiar el sentido de cualquier proceso evolutivo o cualquier tipo de esquema selectivo con el suicidio o la guerra atómica? Y reparemos bien en esto: puede hacerlo por una determinación libre, incondicionada, ya que parte de una inteligencia y de una voluntad que se abren a millares de opciones posibles, también sorprendentes e imprevisibles.

     ¿No nos parece que la mentalidad reduccionista, al afirmar que el hombre no es sino «un fenómeno de combustión u oxidación», además de rebajarnos, nos avillana, nos «homunculiza», nos fuerza a pensar que aquel que la sustenta, aunque se dé el título de sabio, no pasa de ser un engañabobos?

     Ya hacia el fin de estos pensamientos; bien podemos concluir que la idea de Dios no aparece en nosotros como un punto de apoyo psicológico para superar mis temores o ignorancias y sí como la única explicación racional de la existencia de las cosas y de nosotros mismos. No es el miedo el que me hace abrazar la idea de Dios, como si fuera un niño perdido y asustado que se agarra en su imaginación a la figura ausente del padre. Al contrario, es la existencia de mi Padre y la resonancia de su paternidad dentro de mí la que me provoca sentimientos y necesida­des filiales. Dios no es una sombra proyectada por el pen­samiento humano: ni existe porque le necesitemos ni deja de existir porque nos olvidemos de Él. Necesitamos a Dios justamente porque existe.

     El espíritu religioso no se alimenta de cadáveres -el miedo a la muerte-, como los buitres. Por el contrario, precisamente porque la naturaleza humana fue hecha para la eternidad -¡para las alturas!-, no se resigna a volverse cadáver. Y el espíritu vuela para Dios como las águilas (Sal 102).

 

anecdotas y reflexiones