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LA CUESTIÓN MARIANA

La definición del dogma de la Asunción trajo al primer plano de la actualidad la cuestión mariana. Toda la prensa, desde las revistas teológicas de todas las confesiones hasta los diarios de la tarde, abundó en comentarios desde los más oportunos hasta los más absurdos.
En el seno de esta efervescencia, los cristianos se vieron obligados a reaccionar. En unos dominaba la alegría, porque esta decisión prolongaba sus meditaciones y sellaba sus certezas. En otros nacía la inquietud. El problema mariano, en el cual nunca habían reflexionado, se presentaba de súbito, y surgían mil cuestiones. Puesto que la fe tiene a Dios por objeto, y ningún santo ha sido objeto de una definición, ¿por qué dar este lugar en el dogma a una simple criatura? Siendo manifiesto el «silencio de la Escritura» a este respecto ¿cómo se ha podido llegar a la definición? ¿En qué grado el extraordinario desarrollo de la doctrina mariana tiene su fuente en la revelación? En el impulso que lleva el alma a María ¿qué parte ocupa el sentimiento y cuál corresponde a la fe? Si se eliminan piadosas invenciones tan difundidas en cierta literatura pía ¿qué queda del misterio de María? Los que se proponían, más o menos confusamente, todas estas cuestiones y otras muchas, intuían que no se trataba de dar una respuesta improvisada a cada una, sino de adquirir una visión de conjunto, desde la cual todas las demás se iluminarían, al igual que el plano de una ciudad permite a cada uno encontrar su camino. Responder a este deseo con una exposición breve y objetiva, es el fin de esta síntesis mariana.


Si la palabra «síntesis» significase construcción abstracta, presentada en fórmulas rígidas, cuadraría muy mal a este estudio; formaría incluso un acorde disonante con la palabra «mariana» que se le añade. Lo que hay, en la doctrina mariana y en la personalidad de la Virgen, si no de más profundo, al menos de más característico, parece ser el lugar que en Ella ocupa el tiempo: la ley de la duración y del progreso. Una «síntesis» que descuidase este elemento básico dejaría escapar algo ciertamente esencial.


Duración, progreso: he ahí la ley por la que María fue progresivamente conocida por la Iglesia. Casi ausente del mensaje primitivo, ausente de la catequesis mientras estuvo presente en la tierra, fue, en el sentido más pleno de la palabra, «descubierta» a partir de esta presencia inicial.
Duración, progreso: es conforme a esta ley como María vivió. Su vida es progreso. Desde la gratuidad del don original hasta el cúmulo de méritos con que abandonó esta tierra; desde la receptividad inicial hasta las últimas expansiones de su misión maternal; desde la plenitud de gracia personal y secreta del primer instante hasta la plenitud social y manifiesta con que brilla hoy en lo alto del cielo.
La Iglesia toma conciencia paulatinamente del misterio de María; después, instalándose en ese misterio, contempla el desenvolvimiento de su destino, desde la Inmaculada Concepción hasta la Asunción.