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LA ESENCIA DE LA EVASIÓN

 

Nuestra naturaleza dispone de muchos mecanismos de defensa. Entre ellos, cuenta con una especie de falso instinto de conservación -la evasión- con el que consigue olvidar o mantener a distancia situaciones y pensamientos que le son incómodos. Y ¿qué idea o estado de ánimo le puede ser más insoportable al hombre que el comprender sentir que su vida -vacía de Dios- está condenada al fracaso y a la muerte o, más aún, reducida a ser un excremento parlante, como afirmaba Jean Can?. No. El hombre no es capaz de aguantar eso. No lo soporta. Y tiene que esconderse de esa evidencia: huyendo, evadiéndose.

La evasión, en su dimensión más esencial es, pues, una huida del problema que cuestiona el sentido de la vida humana, un modo falso de vivir que ataja el camino de la verdad con los pies del engaño, una forma de existir que escamotea las exigencias de nuestros deseos más íntimos -siempre altos, siempre inmensos- para adherirlos a otros bienes más inmediatos y accesibles, con el objeto de conseguir una felicidad momentánea que suavice las as­perezas de la vida presente.

La evasión es como un túnel por el que queremos escapar huyendo de una toma de conciencia que exigiría de nosotros un compromiso, un cambio, una conversión.

La evasión, siendo un falso atajo, nos lanza de nuevo al mismo punto del camino abandonado. Y después de ese rodeo -de ese subterfugio- se llega al final a la evidencia de que aquella felicidad inmediata no pasó de ser una ilusión. Y es ahí cuando el camino se vuelve desesperante. ¿En qué vamos a esperar, si lo único que nos daba consuelo se esfuma y desaparece?

 Existe una insatisfacción, una inquietud, una búsqueda de algo supe­rior a nosotros mismos... ¡Una nostalgia de eternidad!: «El hombre, ese nómada en busca del Absoluto...». Así lo definía Saint-Exupéry.

Esa inquietud la sentimos implícitamente en nuestro deseo de hacer absoluto el bien y de eternizar la felicidad que pretendemos. Si por el río de nuestros sentimientos, subimos hasta la fuente que es el corazón, allí encontraremos el manantial de inmensos deseos de paz, de dicha, de perfección. Y después, al reparar en la precariedad de la vida presente, en el carácter episódico de sus alegrías, en lo poco que da después de tanto prometer, verificamos esa insondable desproporción existente entre lo mucho que de­seamos y lo poco que obtenemos: una punzada de dolor.

Sin Dios no hay absoluto: la vida humana es una inquietud estéril. Y esta falta de acorde entre las aspiraciones y los hechos parece que nos condena -por sortilegio casi maligno- a un destino previamente frustrado. Porque, ¿puede alguien sensatamente sentirse feliz sabiendo que toda la perfección de su naturaleza, todos los proyectos creadores y nobles ambiciones están sentenciadas al fin prematuro de una tumba? ¿Puede alguien vivir en paz cuando ya parece presentir en su boca un anticipado sabor a tierra y en sus ojos el mordisco de insectos carnívoros?

Sin Dios, la pregunta « ¿para qué vivo?» se puede responder simplemente así: para nada, para sueños y quimeras, fantasías que el tiempo se lleva y desvanece.  Esto, sin embargo, ¿no nos parece excesivamente pesimista, una filosofía del mal agüero? ¿No es cierto que encontramos mucha gente que se considera feliz lejos de Dios y que nos podría decir, como el príncipe Oblonski en Ana Karenina, «que la religión no es más que un freno para la parte inculta de la sociedad, que él no puede asistir a ninguna solemnidad religiosa sin aburrirse y que no comprende cómo existe quien se preocupe tanto con la vida futura cuando la presente es tan bella?» ¿No es verdad que los que parecen tener mayor libertad intelectual o económica son los que menos se acuerdan de Dios? ¿No podemos acaso encontrar muchas personas sensatas, inteligentes, que viven lejos de Dios? Sin embargo, continuamos preguntándonos: ¿cómo se puede vivir de una forma consciente y dichosa cuando al mismo tiempo falta la razón de ser de la vida y se desconoce la finalidad última de la existencia? Sucede que, frecuentemente, no se repara en la diferencia fundamental que distingue entre inteligencia y razón.

Muchas personas no comprenden que pueden vivir de una forma extraordinariamente inteligente y, al mismo tiempo, por completo irracional. Basan su vida en fundamentos o premisas -a partir de las cuales actúan de manera lógica e inteligente- pero no comprueban si estas son en verdad racionales.

Podemos entender mejor esta diferencia entre razón e inteligencia si la observamos a través de una situación extrema: el caso de una persona paranoica. Esta toma, por ejemplo, como premisa mayor, como punto de partida de su vida, la idea de que está siendo perseguida y de que todos están conspirando contra ella. Esa idea es radicalmente falsa, irracional, pero a partir de aquí el enfermo puede actuar de forma muy sagaz. En el intento de demostrar la verdad de sus tesis paranoicas, es capaz a veces de desarrollar construcciones mentales y conca­tenaciones lógicas tan convincentes que se vuelve dificultoso probar la irracionalidad de su obsesión persecutoria. Esta persona está loca, desprovista de razón, de fundamento, pero puede mostrar una inteligencia muy elevada.

Pues bien, no es difícil encontrar entre muchos «fugitivos de la vida» a hombres que, sin ser clínicamente paranoicos, mantienen continuamente una situación de ruptura entre razón e inteligencia. Su existencia parece juiciosa, pero carece de fundamento. Es, tal vez, cohe­rente dentro de determinada esfera, pero no tiene una razón de ser, un destino último, un sentido definitivo: existencia periféricamente inteligente, pero profundamente irracional. Como la de un paranoico. Esta es la esencia de la evasión.

anecdotas y reflexiones