principal
   
 

 

 

La gran burla

La única tragedia real es la de quien no consigue dar una respuesta satisfactoria a esa pregunta de Cristo: « ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mt 16, 26).

¿Qué ventaja trae consigo el buen funcionamiento del mecanismo de la vida si solo nos lleva a la muerte? ¿Qué ganancia hemos de tener cuando, satisfechos de todos los caprichos superficiales, nos encontremos con un futuro vacío de sentido? ¿Qué utilidad tendrán nuestros éxitos, los aplausos recibidos, si un día el tiempo nos habrá borrado con el olvido? ¿Qué beneficio nos podrá dar el dinero cuando la ostentación lujosa convierta, con su inútil barroquismo, la última despedida en algo macabro? Si pierdo mi alma, si me abandono en el vacío, ¿podré agarrarme a mi título de abogado, de médico, de empresario, de profesor, a mi buen nombre, a mi excelente fama? ¿Me parecerán tan importantes todas las cosas que hoy me roban el sosiego? ¿De qué me han de servir todos los engaños, todos esos recursos psicológicos que utilizo para esconder lo que es más evidente, que no me dejan oír lo que es más clamoroso: mi instinto de felicidad eterna?

«Un día descubriréis -escribe Bernanos- que llenasteis el mundo de robots, que viven con una huella de alma atrofiada; robots con corazón de insecto, más laboriosos y más feroces que las hormigas»". A veces imagino así a los hombres que viven sin Dios: como autómatas a los que se da cuerda y se introduce en un túnel que va a desembocar en un abismo. Y allá van ellos corriendo, sin querer tenemos que encarar la vida de una forma más amena, más light, y, en cierto sentido, en eso estamos de acuerdo. Pero lo que no podemos hacer es cubrir la realidad con una fina capa de barniz que esconda su verdadera naturaleza. Los pensadores existencialistas citados no solo no escondieron esa realidad, sino que la expusieron de una manera inhumana, realmente trágica, precisamente porque no supieron encontrar su sentido.

Lo que acabamos de ver en estos autores es una realidad cruel que representa, al mismo tiempo, una verdadera afrenta a la dignidad humana. El hombre exige mucho más que una buena habitación y un buen sueldo: que se respete su dignidad, que no la coloquen en el nivel de una payasada sin sentido, como hace Sartre, o a la altura de una cloaca de excrementos, según pretende Jean Cau.

En todos los seres humanos hay, mucho antes de la construcción de las pirámides de Egipto, -que son monumentos construidos a la inmortalidad del hombre- un verdadero instinto de eternidad, que en la cultura contemporánea no ha tenido el rango intelectual que merecía. No sé cómo no se ha dado hasta ahora suficiente énfasis a algo que viene a ser el reverso de la medalla del instinto de conservación. Nadie se atreve a afirmar que el ser humano no tenga este instinto de conservación y, sin embargo, muchos parecen negar con su silencio aquel que es su reverso necesario, ineludible: el instinto de eternidad. El instinto de conservación, propio de todo animal, es fuerte, predominante, a veces brutal, salvaje incluso: por conservar la propia vida, el hombre -mucho más el animal- puede llegar a matar. Pues bien, el instinto de eternidad -reverso racional de aquel instinto animal- no es menos fuerte, ni menos profundo... Desde lo más hondo de sus entrañas todo hombre grita angustiosamente, al igual que Unamuno: « ¡No quiero morir, no quiero quererlo! ¡Quiero vivir siempre, siempre y para siempre! ¡Este es mi deseo: eternidad! Este, sí, es el deseo más fuerte y profundo, este es el instinto que domina mi vida».

En realidad, el instinto de eternidad es más profundo que el instinto de conservación, ya que este está referido a algo negativo y transitorio -no morir-, mientras que aquel apunta a algo positivo y permanente: vivir, y vivir para siempre.

Cuando algunos de los filósofos contemporáneos de «techos bajos», de «vuelo rastrero» -a quienes con tanto acierto se refiere Juan Pablo II en la Encíclica Fides et Ratio- consumen su energía racional en solucionar problemas de superficie, para volver más pragmática la vida, más amena, sin referirse nunca al problema fundamental del hombre -el sentido de su existencia- lo que en realidad hacen es silenciar algo que le es fundamental a la dignidad humana: el instinto de eternidad.

Cuando a diario leemos en el periódico, o vemos en la televisión las protestas de las organizaciones en favor de los derechos humanos contra la explotación laboral infantil o la prostitución de los adolescentes, quedamos indignados, y no sin razón. Pero aún no hemos oído el clamor de aquellos que se indignan porque determinados filósofos «de patrón estrecho» se niegan a dar al hombre su tercera dimensión: la altura racional, la verticalidad, esto es, lo que le otorga el verdadero sentido de su vida, lo que calma su más fuerte instinto, el instinto de eternidad.

Y todo eso se hace, dicen, para volver más light la vida, para huir de su sentimiento trágico, de una visión agorera y negativa. Pero cuando ese problema aparece frente a sus ojos asustados, se encuentran indefensos, desesperados, dándole la razón a aquel otro filósofo ruso, Oreshenkov, recordado en el Pabellón de cancerosos: «el hombre moderno se ve del todo inerme ante la muerte, enteramente desarmado para enfrentarse a ella».

Hay, sin duda, una relación de proporcionalidad directa entre los estados de zozobra y angustia, por un lado, y los estados de indiferencia y frialdad religiosa, por otro; igual que existe también una proporcionalidad directa entre la falta de sentido a la hora de vivir y el apego al alcohol, a las drogas, a los desórdenes sexuales... que no son más que fugas, evasiones. El hombre, que siente fallido ese instinto de felicidad eterna, busca un refugio en esos momentos de euforia hormonal o glandular para consolar a esa pobre criatura -su pobre alma- que allí dentro de nosotros grita llena de miedo o vela desconsolada en la angustia y en el sufrimiento.

Durante décadas, las doctrinas freudianas han intentado convencernos de que las enfermedades psíquicas tenían su origen, en gran parte, en la represión del instinto sexual. Ahora no entraremos a juzgar el mérito de esta cuestión, ya que nos llevaría muy lejos; entre otras cosas porque la regulación de los instintos, o la continencia, no representa, si está bien llevada, una represión de esa energía, sino una canalización de ella hacia el amor, que es lo que dignifica el sexo. Sin embargo, hasta ahora poco es lo que se ha hablado de las psicosis y neurosis producidas por la represión del instinto de eternidad. Y esta represión -como toda represión- envenena el alma. Esas tristezas, esas nostalgias, ese desánimo, esa falta de motivación para todo, provienen, en el fondo, de la realidad existencial latente en el pensamiento unamuniano: Si del todo moriremos todos, ¿para qué todo?; ¿para qué?

Víctor Frankl -que era judío, y no cristiano-, el famoso psiquiatra sucesor de Sigmund Freud en la cátedra de Psicopatología de la Universidad de Viena, verificó sobradamente entre sus pacientes la religiosidad reprimida. Nos cuenta, por ejemplo, el sueño de una paciente. «Ella decía: "Sé cuál es la dirección que debo tomar, porque en el cielo resplandece una luz a cuyo encuentro me dirijo. Esta luz brilla cada vez con mayor fuerza y, por fin, se concreta en una figura". Le pregunté entonces cuál era esa imagen que veía. Ella quedó visiblemente incomodada, y tras mucho dudar, me preguntó con mirada suplicante: "¿De verdad tengo que hablar de eso?". Solo después de mucho insistir, ella reveló su secreto y murmuró: "La figura era Cristo"». Su conciencia, en sueños, le exigía servir a Cristo, pero ella tenía recelo o vergüenza de hablar de ello. Vemos aquí y en otros muchos casos que no solo existe la libido reprimida, sino también la religiosidad reprimida.

«Uno de mis pacientes me confió cierta vez, espontáneamente: "¿Por qué será que me avergüenzo de todo lo que es religioso, por qué me resulta embarazoso y me parece ridículo? Yo mismo sé perfectamente por qué siento tanta vergüenza de mis ansias religiosas: todo tratamiento psicoterapéutico que he seguido en los últimos veintisiete años se ha basado en la convicción, más o menos tácita, de que esas ansias no son más que especulaciones irrealistas y sin fundamento. Como dicen ellos, solo existe aquello que se puede ver y oír, el resto son tonterías, provocadas por algún trauma o deseo escapista de huir de la vida. Así, siempre que he expresado mis ansias de Dios, casi tenía miedo de que trajeran la camisa de fuerza, como si fuese un loco de atar" ».

El estudio de Frankl Presencia ignorada de Dios, demuestra la existencia de esa represión de la religiosidad, que es factor de lo que él denomina la tríada neurótica (depresión, dependencia de agentes tóxicos y agresividad), un verdadero veneno para la personalidad.

El medio cultural en que vivimos, los restos de un racionalismo ya superado que equipara religiosidad a superstición y cristianismo a medievalismo, actúa como un inmenso corsé que oprime las inquietudes, que reprime el instinto de eternidad y las ansias religiosas del corazón de nuestros contemporáneos, dando así lugar a verdaderas situaciones patológicas.

Con desenfado poetizaba el gran escritor brasileño Carlos Drummond de Andrade: «Me he cansado ya de ser moderno, ahora quiero ser eterno». Lo mismo parece que nos están diciendo tantas personas con sus apatías e indolencias, personas que encontramos en el trabajo, en la es-cuela, en la familia, por la calle...: estoy cansado de tontear con el amor todo el día, estoy cansado de «vaguear» en la playa, cansado de tanta «cervecita», cansado de dormir con la misma mujer o con el mismo hombre, cansado de esta porquería de vida; ahora quiero ser algo diferente... quiero otra cosa... en el fondo están diciendo: ahora quiero ser eterno...

Este querer ser eterno, este deseo de eternidad reprimido, trae consigo graves consecuencias. Los poetas no se retraen de hablar de ello: es un asunto delicado, vital...En la literatura inglesa hay dos poemas paralelos escritos uno a contrapié del otro. Edgar Allan Poe, en El Cuervo, va dejando que esta ave agorera pronuncie, a lo largo de toda la rima, la palabra fatal: nevermore -para nunca más-: infancia feliz que ya pasaste... nevermore, para nunca más..., alegre juventud que ya te despediste de mí, nevermore, para nunca más... cuando este instinto de eternidad se reprime hay algo muy íntimo en nosotros que se resiente. Uno termina siendo dominado por esas infinitas nostalgias que lleva en sí el fatídico nevermore. ¡Qué triste, qué poco humano y qué poco cristiano este sentimiento nostálgico...! Algo dentro de nosotros reclama otro leitmotiv que marque el ritmo de nuestra existencia: para siempre, para siempre...

Y este fue precisamente el estribillo de que se sirvió Grandfelow, a lo largo de un poema suyo que parece una réplica a Edgar Allan Poe: for ever, va repitiendo, para siempre, for ever, para siempre... Para siempre han quedado en mí los primeros años de mi vida, para siempre se han consolidado en mí las experiencias de juventud, de madurez... para siempre perdurará en mí aquel amor profundo que es más fuerte que la muerte... porque yo voy a vivir para siempre...

¡Qué alegre es la vida cuando sabemos que lo que pasa, queda, que lo que se fue, permanece; que el amor, la abnegación, el espíritu de sacrificio, vividos durante la vida, irán configurando nuestra personalidad eterna for ever-, para siempre.!

Santa Teresa de Jesús inmortalizó esta expresión al contarnos, en el libro de su vida, que, cuando su hermano Rodrigo lloraba asustado ante el pensamiento de la muerte, ella le repetía: «Rodrigo, allí en el Cielo viviremos para siempre; Rodrigo, será para siempre, para siempre, para siempre...».

La falta de fe provoca, indudablemente, un proceso de depresión. En sentido inverso, la fe profunda en la verdad transmitida por Cristo -«quien vive y cree en mí no morirá eternamente» (Jn 11, 26)- trae consigo una enorme fuerza vital, una seguridad y una paz de la cual solo pueden hablar aquellos que la han probado.

En Pascua, la Iglesia expresa esta vivencia con un canto de alegría: «Resurrexit sicut dixit, aleluya!; ¡En verdad resucitó como dijo, aleluya!».

Es este un grito que sale de dentro de la humanidad entera: ¡si Cristo ha vencido a la muerte, nosotros también la venceremos! Esta creencia es la que le hacía a San Pablo lanzar un desafío: « ¿Dónde está, OH muerte, tu victoria? ¿Dónde está, OH muerte, tu aguijón?» (1 Co 15, 55). ¿Dónde está el pavor que siempre infundes? Es como si dijera: « ¡Muerte, no te tengo miedo; yo te maté...!». Este es el grito de victoria del cristiano.

Cristo, afirma San Pablo, «dominó la muerte con su muerte; liberó al hombre de su estado de servidumbre, provocado por el temor de la muerte» (cfr. Hb 2, 9-17). El cristiano lleva escrito en la frente el nombre de Vencedor. El escritor alemán Wassermann decía: «Lo terrible no es morir; lo terrible es caminar paso a paso hacia la muerte». ¿Cómo se puede vivir en paz sabiendo que cada día que pasa es un paso más hacia la muerte? Un hombre de fe, por el contrario, puede exclamar: lo maravilloso no es solo vivir; lo maravilloso es caminar hacia la Vida, con uve mayúscula: una uve con dos fuertes brazos que se elevan hasta agarrar con sus manos vigorosas las altas cornisas de la eternidad.

Hay una correspondencia precisa -adecuada y proporcional- entre vida y alegría, entre muerte y tristeza, como nos decía bellamente Ramón Gómez de la Serna: «Aburrirse, perder la alegría, es besar a la muerte» o como, aún más bellamente lo dice el salmista: «qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor» (Sal 121, 1).

Tan fuerte era la atracción que Dios ejercía en Santa Teresa, tan vivo el deseo de la Santa de ver a Dios, que conseguía sobreponerse al tremendo abismo de la muerte no ya con júbilo, sino con una ansiosa y alegre expectativa. Así lo dice en un inmortal poema que se le atribuye, que no tiene nada de «masoquismo», ni de desprecio a la vida, ni de insana inclinación a la muerte, sino todo lo contrario: deseo de una vida que no pasa, de un Amor que sobrepasa a cualquier otro amor. La muerte era para ella como un magnífico puente que saltaba por encima de esa repugnante fosa abierta entre la vida temporal y la eterna:

  

Vivo sin vivir en mí,
Y tan alta vida espero
 Que muero porque no muero.
 Sácame de aquesta muerte,
Mi Dios, y dame la vida;

No me tengas impedida
 En este lazo tan fuerte;
 Mira que peno por verte,
 Y mi mal es tan entero,
Que muero porque no muero.

anecdotas y reflexiones