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 lobos y corderos

 

La influencia del ambiente o del medio social en que se vive supone un amparo, un apoyo, para sustentar argumentos de evasión. La justificación no viene, pues, por el canal silencioso del razonamiento, sino por la ruidosa avenida de la multitud: «la mayoría piensa como yo, todos hacen lo mismo». ¡Qué sensación de paz se siente en el contacto con la masa! Ella parece defender al individuo al diluir su responsabilidad personal entre mil cabezas o al convertir su error en error anónimo. Por esta razón se busca un grupo de compañeros que piense igual, se leen revistas que manifiesten la misma opinión, se oye con deleite a los profesores que se identifiquen con ella. Y como «el camino de Dios es estrecho» (Mt 7, 14) y la virtud difícil hasta el punto de que «solo los esforzados llegan a alcanzarla» (Mt 11, 12), no es difícil encontrar, para anestesiar la conciencia, la compañía, no ya de unos pocos, sino de una multitud. De este modo se explican esos grupos sociales en los que todos los integrantes se justifican corporativamente: ¡cómo se sonríen todos cuando el más desvergonzado cuenta sus últimas aventuras!; ¡cómo se envanece de su sagacidad el hombre de negocios deshonesto al exponer a sus colegas su último sistema, «patentado» por él, de defraudar al fisco o engañar a los clientes!; ¡cómo se entusiasman las personas superficiales, las que forman parte del «grupito de colegas», intrigando, alardeando de sus éxitos, sus fiestas, sus joyas, su influencia, resaltando y abrillantándola sobre el fondo oscuro de la crítica y la maledicencia lanzadas contra quien está fuera de su círculo!

Pero después, cuando aquel muchacho se queda a solas consigo mismo y ya no oye las carcajadas de sus compañeros siente, quién sabe, tal vez en el silencio de la noche, la íntima punzada de la soledad; comprende muy bien que esas «aventuras» son una miserable compensación de la ausencia de ese amor grande que no posee y con el que tantas veces sueña. Pero precisamente procura olvidarse de todo, brillando como un «ídolo conquistador» o como un Don Juan callejero... Y cuando el hombre de negocios tiene que encarar las inocentes preguntas de su mujer sobre el origen de sus poco limpios lucros, o la saludable y viva curiosidad de sus hijos, responde con oscuras evasivas, y siente en el corazón una indefinida sensación de malestar... Y la «amiguita», sin la solícita compañía de su «grupito» siente vergüenza de contar sus sofocos al confesor... Como el cobarde que, en medio de una manifestación callejera, se envalentona y grita y lanza piedras sin atreverse, más tarde, cuando está solo, a levantar la mirada cuando está ante el patrón, o para hacer valer sus derechos, o para formular una pregunta en el colegio, o enfrentarse a las ironías de su mujer o a la rebeldía de su hijo pequeño...

El clan, aglutinante, agasajador, disculpa, da fuerzas, anima y aplaude.

Existen personas hasta tal punto dominadas por el espíritu gregario que solo se sienten bien cuando hablan dentro de su rebaño -si quieren justificar su egoísmo pasivo, sedentario y cómodo- o cuando están arropados en su manada -si pretenden adoptar actitudes agresivas-, como los lobos, que solo atacan en grupos. Sí. Todos los días oímos por donde pasamos, en la calle, en clubes, cines, fábricas, oficinas públicas o privadas, colegios y universidades, los largos balidos de corderos mediocres y también, en el trabajo profesional, en la lucha por la vida, los aullidos estridentes de los que, en cuadrilla, atacan y se entregan a la rapiña.

Indudablemente, hoy más que nunca, se observa la influencia masificadora del ambiente. Basta con darse cuenta de la eficaz manipulación ejercida a través de los medios de comunicación y propaganda; de la fácil, universal e indiscriminada acogida de todos los eslóganes y lugares comunes; del horror de la mayor parte de la gente a ser rechazados por el ambiente; del temor ridículo, desproporcionado, a no estar a la moda, porque eso es lo más «avanzado»... Todo esto demuestra el elevado grado de masificación que sufrimos.

A veces parece que las personas renuncian al derecho que tienen de pensar por sí mismas y delegan esa responsabilidad en la cabeza del rebaño, que piensa por ellas, o la disolvieron en un grupo acéfalo, que no tiene inteligencia ni corazón, que no está dotado de órganos para captar el sentimiento de culpa: ¡el refugio es la masa! Las redes sociales...

Quien se mezcla así de cobardemente en el rebaño o la manada, ¿no piensa que su responsabilidad es tan individual e intransferible como su nacimiento, su vida, sus gozos, su sufrimiento y su muerte? ¿No sabe que será él, personalmente, quien tendrá que dar cuenta a Dios de sus acciones? En el momento supremo en que un hombre esté cara a cara con la Verdad Infinita, ¿de qué le servirán las sonrisas de aprobación de los de la panda, de los del «grupito»? ¿Podrá en esa situación defenderse mediante el contacto informe con la manada, con el rebaño?

A pesar de todo, aparece también aquí, con frecuencia, una justificación a la que no le faltan pretensiones «intelectuales»: al actuar, como muchos hacen normalmente, por puro mimetismo despersonalizado, al mismo tiempo se intenta «legitimar» ese comportamiento, dando a entender que lo mayoritario coincide con lo verdadero o que una idea es tanto más válida cuanto más popular es. No se comprende, pues, el hecho de que al pensar así están identificando como sinónimos generalidad y normalidad, que tienen un significado absolutamente distinto.

Así, algunos podrían decir: «Lo que hago no está mal porque todo el mundo lo hace y nadie me critica por hacerlo: hoy en día es lo normal». No pensemos que tal modo de pensar es exclusivo, como parece a primera vista, de una mentalidad poco instruida, rudimentaria. Se usa incluso como posición «intelectual» e incluso como prueba «científica». Con esto, por ejemplo, para saber «cuál es la verdad» sobre el aborto, el matrimonio, el amor y las relaciones sexuales, nada mejor -dicen- que hacer una «investigación psicológica», una encuesta. Para dirimir si la homosexualidad es algo normal o es un desvío, o para decidir sobre la «moralidad» de los anticonceptivos o de algunos tipos de aborto, o para elucidar la validez y oportunidad del sacramento de la Confesión, lo más «científico» será «recoger la opinión pública» y elaborar unas estadísticas al respecto. Según esta teoría, la verdad va a ser, en cada momento histórico, el resultante de la opinión mayoritaria recogida a través de un riguroso sistema «democrático»: se hacen coincidir, de esta manera, lo general, lo común, con lo normal. En otras palabras: en vez de analizar si una cosa es buena o no en sí misma, se busca antes saber si esa cosa «está de moda» o si «está anticuada».

La generalidad, lo que es más común -a veces más vulgar-, que está en el orden de la cantidad, de lo que es «de hecho», nunca puede sustituir a la normalidad, que está en el orden de la calidad, de «lo que debe ser», de lo que corresponde a una «norma», a una verdad superior: ¿cambiaría esencialmente la calidad desvirtuada de una mercancía por el hecho de entregar una tonelada en vez de un kilo?

Debemos tener en cuenta, paralelamente, que la democracia es un sistema de gobierno que no compromete los valores de la naturaleza humana, del Derecho Natural y Divino, sino que parte de ellos para dar soluciones concretas -técnicas, políticas- a los problemas públicos, den­tro de la atmósfera de las verdades esenciales establecidas por Dios. ¿Íbamos a dejar de tener alma porque así lo decidieran unas elecciones? ¿Podrá, acaso, alterar el mal la naturaleza solo porque lo apoya un mayor número de ciudadanos?

Para las personas dominadas por un instinto gregario, que carecen de ese positivo espíritu crítico -esa noble rebeldía- que tiene la razón, el hecho de que una idea tenga muchos adeptos es una garantía de verdad. Para los que piensan con su propia cabeza, las ideas son verdaderas o falsas en función de su valor intrínseco.

anecdotas y reflexiones