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MI QUERIDO AGNOSTICO

Albert Einstein argumentó con especial énfasis que el hombre de ciencia necesita poseer una «profunda fe» para alcanzar la certeza de que las reglas válidas para el mundo de la existencia son racionales, es decir, comprensibles para la razón.

Escribe Louis de Wohl: «Muchas veces me he preguntado si usted seguiría llamándose a sí mismo agnóstico, si supiera que esta palabra no quiere decir otra cosa que "ignorante”. La fórmula básica del pensamiento del agnóstico viene a ser esta: "No tengo suficientes pruebas ni de que existe Dios, ni de qué no existe. Por tanto no puedo declararme ni creyente, ni ateo."»

Esto estaría muy bien si el agnóstico no se conformara con serlo.Pero eso es lo que no suele hacer. En lo que atañe al bolsillo -si nos ha tocado la lotería o una herencia, por ejemplo- nadie se declarará agnóstico. Irá en seguida a la primera administración o al notario a comprobar si su número salió premiado o si su abuelo le legó aquella colección de sellos tan valiosa. No pasa así con el problema - mucho, muchísimo más importante- de Dios. Del ateo que está honradamente convencido de que no hay Dios, no puede esperarse que continúe buscando. Pero al agnóstico no se le puede permitir. Mientras admita que quizás sí pudiera existir Dios, tendrá que buscar. Si no lo hace, si permanece en su ignorancia con un encogimiento de hombros, no hará más que demostrar su total indiferencia ante el problema. No es ni «ardiente» como creyente. ni «frío» como ateo: es «tibio»; y de los tibios dice el Espíritu Santo, en el Apocalipsis. la espantosa frase de que «Dios los vomitará de su boca».Ser agnóstico puede aceptarse. pero continuar siéndolo solo puede llevar a la perdición.

anecdotas y reflexiones