principal
   
 

 

 

 

SANTA ALICIA (ALEYDA)

Existen almas en la que Dios ha visto una disposición incondicional tal de entrega, que cual otro Job permite que sean probadas con creces para que por la Comunión de los Santos compensen los pecados de otros con su vida de dolor aceptado.

Ejemplo acabado fue Alicia, humilde religiosa del Cister que pasó por la vida abrazada siempre a las enfermedades y dolores más intensos que se pueden pensar. Nacida en Brabante, Bélgica, en el seno de una familia de arraigadas creencias, huelga decir que las inculcaron a sus hijos y Aleyda (o Alicia) se mostró desde el primer momento dócil a la gracia divina.

Ingresó en un monasterio cisterciense donde no tardó mucho en experimentar dolores y aflicciones que acabaron en una lepra tan horrorosa, que de pies a cabeza no quedó parte sana en sus miembros. Quedó consternada, pero no por la enfermedad, sino por la actitud que adoptaron sus hermanas, de excluirla de la vida de comunidad y llevarla a una celdilla apartada, con objeto de que no las contagiara. Aquella angustia que le produjo en un principio el verse excluida de la compañía de sus hermanas de comunidad, muy pronto se trocó en alegría, cuando se dio cuenta de que entraba dentro de los planes de Dios. Por eso logró hallar en la soledad de su retiro una paz indecible, ofreciendo a Dios cada momento de su vida, tanto por las almas del purgatorio como por la conversión de los pecadores.

Pero todavía le faltaba una última prueba a Alicia: la ceguera. Como un nuevo Job aplastado por la enfermedad, inspiraba compasión en todas aquellas personas que se acercaban a ella, a las cuales tenía que consolar ella, que seguía rebosando paz e intimidad con Cristo. Según escriben sus biógrafos cuando falleció sólo le quedaba sana la lengua, para alabar las grandezas de Dios.

anecdotas y reflexiones