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Sufrimiento: rechazo, misterio, sentido


«Bajo el sol de la mañana -escribió Carnus-, una gran dicha se balancea en el espacio. Bien pobres son los que tienen necesidad de mitos». y también: «Si hay un pecado contra la vida, no es quizá tanto desesperar de ella como esperar otra vida». Los biógrafos de Camus atribuyen su profunda incredulidad a una herida que nunca cicatrizó, producida en la adolescencia por el zarpazo del mal. Vivía en Argel. Tenía quince o dieciséis años y paseaba con un amigo a la orilla del mar. Se encontraron con un revuelo de gente. En el suelo yacía el cadáver de un niño árabe, aplastado por un autobús. La madre daba alaridos y el padre callaba. Camus, después de unos momentos, mostró a su amigo el cielo azul, señaló luego el cadáver y dijo: «Mira, el cielo no responde».


Años más tarde, Camus sufrió en sus carnes el choque brutal de la enfermedad grave. Un hedonista apasionado del mar y del sol se descubre enfermo. El absurdo se instala en una vida que sólo quería cantar. Y entonces es cuando hace decir a Calígula esa «verdad muy sencilla y muy clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar ... Los hombres mueren y no son felices».


Camus se esfuerza en compaginar el sinsentido de la vida con el hedonismo. Su solución voluntarista se resume en una línea: «Es preciso imaginarse a Sísifo dichoso». La peste es un nuevo intento de hacer posible la vida dichosa en un mundo sumergido en el absurdo y con la muerte como telón de fondo. Más que una novela, La peste es la radiografía de la generación que ha vivido la segunda guerra mundial. Camus ya no habla de su sufrimiento, sino de esa inmensa ola de dolor que sumergió al mundo a partir de 1939. En La peste habla el dolor del mundo, no el dolor de Camus. Al final de la novela, el autor nos recuerda que las guerras, las enfermedades, el sufrimiento de los inocentes, la maldad del hombre hacia el hombre sólo conocen treguas inciertas, tras las cuales reanudarán su ciclo de pesadilla. Éstas son sus palabras:

Escuchando los gritos de alegría que subían de la ciudad,
Rieux recordaba que esta alegría estaba siempre amenazada.
Porque sabía lo que esta multitud alegre ignoraba, y que puede
leerse en los libros: que el bacilo de la peste -léase «el mal»-
no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante
decenas de años dormido en los muebles y en la ropa, que es-
pera pacientemente en las habitaciones, en los sótanos, en los
baúles, en los pañuelos y en los papeles, y que quizá llegaría un
día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la pes-
te despertaría otra vez a sus ratas y las enviaría a morir en una
ciudad dichosa.


El papa Juan Pablo II -Karol Wojtyla- ha resumido en su carta Salvifici doloris el sentido cristiano del dolor, afirmando en su inicio que la Biblia es un gran tratado sobre el sufrimiento. Hay en el Antiguo Testamento enfermedades y guerras, muerte de los propios hijos, deportación y esclavitud, persecución, hostilidad, escarnio y humillación, soledad y abandono, infidelidad e ingratitud así como remordimiento de conciencia. Pero si el sufrimiento es inevitable, también es inevitable preguntarse por qué. Los amigos de Job interpretan su desgracia como un castigo por pecados cometidos. Sin embargo, Dios reprocha esa interpretación y reconoce que Job no es culpable. Estamos ante el escándalo del sufrimiento de un inocente, escándalo que Dios provoca para demostrar la santidad de Job, pues el sufrimiento tiene en Job carácter de prueba. Recuerda el Papa que la última palabra no es el libro de Job sino la respuesta que Dios da al hombre en la cruz de Jesucristo. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna.» Estas palabras de Cristo a Nicodemo indican que el hombre será salvado mediante el propio sufrimiento de Cristo.


El sufrimiento, vinculado misteriosamente al pecado original y a los pecados personales de los hombres, es padecido misteriosamente por el mismo Dios. Repito de intento el adverbio «misteriosamente» porque es la misma Iglesia católica quien reconoce la profundidad de una explicación que, a fin de cuentas, exige un acto de fe. Jesucristo, además de declarar bienaventuradas a muchas personas probadas por diversos sufrimientos, pasó por Palestina curando enfermedades y consolando a gentes afligidas. Él mismo sufrió en sus carnes la fatiga, el hambre, la sed, la incomprensión, el odio y la tortura de la Pasión. Particularmente conmovedora es la profecía en la que Isaías describe la Pasión de Cristo:


o hay en Él parecer, no hay hermosura que atraiga las mi-
radas, ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hom-
bres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante
quien se vuelve el rostro c. .. ). Pero fue traspasado por nuestras
iniquidades _ y molido por nuestros pecados. nuestro castigo
cayó sobre El y en sus llagas hemos sido curados.


De todas las respuestas al misterio del sufrimiento, ésta que san Pablo llamará «la doctrina de la Cruz» es la más radical. Porque nos dice que, si la Pasión de Cristo es el precio de la Redención, el sufrimiento humano es la colaboración del hombre en su misma redención. Por eso la Iglesia considera el sufrimiento un bien ante el cual se inclina con veneración, con la profundidad de su fe en la Redención. Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento: Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz cada día ... Varias veces anuncia a sus discípulos que encontrarán odio y persecuciones por su nombre, al mismo tiempo que se revela como Señor de la Historia: En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he ven-
cido al mundo. Si el sufrimiento puede hundir y aplastar, también es cierto que puede acrisolar el corazón humano y acercarlo a Dios. Al sufrimiento deben su profunda conversión, entre otros muchos, santos como Ignacio de Loyola o Francisco de Asís, porque entendieron que Cristo, al morir en la cruz, ha tocado y regenerado las raíces mismas del mal. En cualquier caso, aunque la respuesta de Cristo en la cruz es inequívoca, puede ser desconocida por muchos, o puede necesitar mucho tiempo para ser percibida y aceptada interiormente.


En la parábola del buen samaritano,]Jesucristo nos dice que nadie debe ser indiferente ante el dolor ajeno. Que no podemos pasar de largo, sino paramos junto al que sufre, y no con curiosidad sino con disponibilidad. El buen samaritano no sólo se conmueve, sino que ofrece su ayuda. Encontramos aquí uno de los rasgos esenciales de la antropología cristiana: la dignidad del hombre se realiza en la entrega afectiva y efectiva a los demás. En este sentído,]uan Pablo ll llega a decir que parte del sentido del sufrimiento consiste en ser despertador de un amor compasivo y desinteresado hacia el prójimo sufriente. Y añade que las instituciones sanitarias, siendo indispensables, no pueden sustituir al corazón humano, pues no pueden compadecerse y amar. Por esta parábola entendemos que el cristianismo es la negación de cualquier pasividad ante el sufrimiento. Y nos reafirmamos en esta apreciación al escuchar el agradecimiento de Cristo «porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber. Estuve preso y vinisteis a verme», pues «cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos pequeños, a Mí me lo hicisteis».

Cito las palabras finales de la carta Salvifici doloris: "El sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer que nazcan obras de amor al prójimo, para
transformar toda la civilización humana en la civilización del amor c. .. )." Las palabras de Cristo sobre el Juicio Final permiten comprender esto con toda la sencillez y claridad evangélica. Cristo ha enseñado al hombre al mismo tiempo a convertir su sufrimiento en un bien y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del su-
frimiento. Ponía Camus como ejemplo de amistad verdadera la de «un hombre cuyo amigo había sido encarcelado y todas las noches se acostaba en el suelo de su habitación para no gozar de una comodidad arrebatada a aquel a quien amaba». Y añadía el novelista que la gran cuestión para los hombres que sufrimos es la misma: «¿Quién se acostará en el suelo por nosotros?». Sin proponérselo explícitamente, Juan Pablo II responde a Camus con la tortura de Cristo clavado en la cruz: «Si no hubiera existido esa agonía en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar» (Cruzando el umbral de la Esperanza).

José Ramón Ayllón


anecdotas y reflexiones