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TODAVÍA NO... 

Había en Normandía un antiguo monasterio regido por un abad de gran sabiduría. Un día, el obispo del lugar acudió al monasterio a pedir al abad que destinara a uno de sus monjes a predicar en la comarca. El abad decidió preparar para tal misión al hermano Francisco, un joven novicio lleno de virtud, de inteligencia y de otras singulares cualidades. El hermano pasó largos años en la biblioteca y fue discípulo de sabios monjes de otros monasterios. Cuando acabó sus estudios, predicó en el refectorio y los monjes bendijeron a Dios por la erudición de sus conocimientos. Fue a arrodillarse ante el abad:

-«¿Puedo ir ya, reverendo Padre?»

El anciano abad vio que en la mente del hermano Francisco había demasiadas respuestas.

 -«Todavía no, hijo. Todavía no...».

Le envió a la huerta donde trabajó de sol a sol dos años. Adquirió la sabiduría del campo que sabe esperar; escuchó los problemas de los campesinos y el clamor de sus quejas por la dura servidumbre que les imponía el señor del castillo; animó a los que se sublevaban contra tanta injusticia. El abad le llamó: el hermano Francisco tenía fuego en las entrañas y los ojos llenos de preguntas.

-«No es tiempo aún, hijo mío...».

Le envió entonces a recorrer los caminos con una familia de saltimbanquis. Aprendió a contar acertijos, a hacer títeres y a recitar romances, como los juglares. Cuando regresó al monasterio, llevaba consigo canciones en los labios y se reía como los niños.

-«¿Puedo ir ya a predicar, Padre». 

-«Aún no, hijo mío. Vaya a orar».

El hermano Francisco pasó largo tiempo en una solitaria ermita en el monte. Cuando volvió, llevaba el alma transfigurada y llena de silencio.

 -«¿Ha llegado ya el momento, Padre?»

No; no había llegado. Se había declarado una epidemia de peste en el país, y el hermano Francisco fue enviado a cuidar de los apestados. Veló durante noches enteras a los enfermos. Lloró amargamente al enterrar a muchos y se sumergió en el misterio de la vida y de la muerte. Cuando remitió la peste, él mismo cayó enfermo de tristeza y agotamiento y fue cuidado por una familia de la aldea. Aprendió a ser débil y a sentirse pequeño, se dejó querer y recobró la paz. Cuando regresó al monasterio, el Padre abad le miró gravemente: le encontró más humano, más vulnerable. Tenía la mirada serena y el corazón lleno de nombres.

-«Ahora sí, hijo mío, ahora sí». 

Y mientras las campanas tocaban para el Angelus, el hermano Francisco echó a andar hacia el valle para anunciar allí el santo Evangelio.