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Una hipótesis: la evolución

 

Algunos espíritus simples se conturban cuando se les dice que  a la vista del orden armonioso de los efectos, existe una casi intuición natural de Dios como movimiento natural de la razón cercano a lo espontáneo. Y piensan que  no resiste a la confrontación de los más profundos descubrimientos científicos; que la Ciencia ya ha explicado la razón de ser de las cosas a través de la evolución de la materia en vida, y de la vida elemental en otras formas superiores más complejas; que la Religión ocupaba antiguamente el lugar que hoy ocupa la Ciencia, porque los fenómenos antes atribuidos a Dios -la ira divina metamorfoseada en relámpago- hoy por hoy se explican por la Ciencia como fenómenos naturales. Y que aquello que sucedió con el relámpago -en un proceso de avance científico ilimitado-, sucederá con todo: Dios será definitivamente desalojado por la Ciencia.

No ha hablado así ningún científico; nunca. Quien piensa así no ama la Ciencia, ni ama a Dios: o no sabe nada de Ciencia, o no sabe nada de Dios. O hace ficción científica. O no pasa de ser un charlatán. Un científico -uno de los muchos que han pensado de manera semejante-, Albert Einstein, se explica con claridad en lo que compete a este problema: «El científico se ve asaltado por el sentido de la causalidad universal. Su sentido religioso adopta la forma de admiración extática ante la armonía de las leyes de la naturaleza, revelándole una Inteligencia tan elevada que, al compararse con ella, todo pensamiento y acción de los hombres parece un insignificante reflejo».

Por mucho que se prolonguen los eslabones de la cadena evolutiva (incluso los más simples estratos de la materia, la energía en estado puro), jamás podremos explicar la existencia de la propia materia, o de la energía, y el carácter ordenado e inteligente de esa evolución si no afirmamos la existencia de un Ser Superior. El problema metafísico -por más que se quiera alejarlo, colocándolo en lo remoto, en los orígenes del tiempo-, permanece siempre presente: no se puede suprimir el principio fundamental de la causalidad, interponiendo de modo indefinido una secuencia infinita de eslabones, porque este recurso no explicaría la existencia de toda la cadena en su conjunto. Y, de manera especial, no se explicaría el porqué de toda esa realidad sorprendente que nos invade con su belleza y nos admira por su perfección. La evolución, en todo caso, manifiesta el cómo, nunca el porqué.

Imaginemos a una persona que, sin poder ver al artista, viese al pincel pintando formas y colores sobre la tela. Supongamos también que nos dijese que ya sabe por qué fue pintado ese cuadro: porque observó atentamente todas las mezclas de la pintura, porque fijó su atención en el contorno de los perfiles y las expresiones... ¿No nos parecería sin sentido esa afirmación? Podríamos responderle: apenas has visto la morfología del cuadro, la forma externa de su realización, cómo se ha producido, pero no puedes explicar la causa, el porqué de esa armonía de colores, de esa magnífica perspectiva, de esa expresión conmovedora. Por mucho que se prolongue el mango del pincel -hasta perderse en las nubes, si se quiere-, no se ha de encontrar la razón de ser de la obra mientras no encontremos al artista y no analicemos la génesis del proyecto y su evolución en los sentimientos del pintor y en sus ideas estéticas.

Igual afirmación se podría hacer en cuanto al universo respecto a Dios. Por ello, según el físico Poincaré, «no podemos rechazar el principio de causalidad sin con ello declarar imposible cualquier ciencia». Un cuerpo en reposo no se mueve sin un impulso; una reacción no se efectúa sin los elementos y las energías necesarias... Todas nuestras decisiones cotidianas y todos los conocimientos científicos se basan en la necesidad de explicar determinados efectos por determinadas causas; con mayor razón esa necesidad se torna angustiosa cuando lo que se quiere elucidar es el origen del universo considerado como un todo. No resuelve, pues, el problema multiplicar indefinidamente las causas sin querer llegar a una causa primera, tal y como quiere el evolucionismo materialista.

anecdotas y reflexiones