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 El ventrílocuo

 

Con frecuencia el hombre, en su inexcusable necesidad religiosa, al no poder vivir sin una fe, y al no querer aceptar la fe, elabora otra fe distinta, hecha a la medida de sus deseos. Invierte los términos de creador y criatura y, usurpando su papel, construye un Dios a imagen y semejanza de su personalidad, para que le diga aquello que quiere oír. Como un ventrílocuo que fabrica y maneja un muñeco y después mantiene con él una conversación, así existen personas que imaginan a Dios a su gusto y después le dicen: Dios, háblame. Y Dios les dice todo lo que les gusta oír. Así, después pueden exclamar: ¡qué bueno es Dios!, ¡qué bien me conoce!, ¡cómo sabe comprender mi interior!, ¡así puedo ya adorarlo sin sentirme humillado! Pero, ¿podrá ser alguien tan loco que no comprenda que lo que le habla, como un muñeco de ventrílocuo, no es Dios, sino su estómago? Su estómago, su sexo, su imaginación, sus sentimientos, sus caprichos, su orgullo...

Es de esta manera como deben interpretarse, tantas veces, esas habilidosas mutilaciones de la doctrina del Evangelio, que suprimen o suavizan pasajes «desagradables» que hablan de generosidad, entrega, sacrificio, castidad, humildad, pobreza...; esos silencios y omisiones que sobrevuelan -en catecismos y libros de espiritualidad, clases de religión y homilías- sobre determinadas verdades de la Fe y de la Moral, precisamente más «difíciles» porque son las más sobrenaturales o las más comprometedoras; esos miedos a hablar de cosas divinas por desconfiar de que a los otros les han de parecer fuertes o infantiles; esas extrañas mezcolanzas religiosas, esos «recalentados» -un poco de Cristo y un poco de Buda; un poco de oración y otro poco de yoga-, en los que se reciben las ideas más de acuerdo con nuestras preferencias personales y se rechazan las que nos son incómodas; esos deísmos -tipo New Age- donde el orgullo acepta a un Dios abstracto (Naturaleza, Energía Creadora, así, con mayúsculas) y el sentimentalismo abraza al Dios bondadoso de barbas blancas -tipo Papá Noel- que todo lo concede y lo permite, pero en el que se rechaza un Dios concreto, real, que se revela prodigiosamente a los hombres, que se encarna y muere en una cruz, porque con su generosidad ilimitada parece exigir demasiado; esas «aperturas», llamadas a sí mismas «ecuménicas» y que muchas veces solo son concesiones que atrofian la integridad cristiana; ese buscar un sacerdote «moderno» (o sea, camarada, simpático, coleguilla), que dé el consejo que precisamente se quiere encontrar... Todas esas manifestaciones, y otras parecidas, se explican así: como adherirse al cris­tianismo tal y como es objetivamente resulta costoso, se inventa uno nuevo que se adapte a nuestra propia conveniencia.

Esta actitud viene a ser un reflejo del mundo «moderno» o «postmoderno» en que nos encontramos, caracterizado por un subjetivismo que quiere elevar a categoría de verdad objetiva las opiniones subjetivas: «mi verdad», por tanto, se transforma en la Verdad (con mayúscula). Así también se explica la proliferación de las llamadas «religiones de supermercado». Como si los «consumidores» recorriesen las estanterías de los «productos religiosos» para escoger aquellos que tienen mejor precio, traigan menos inconvenientes y satisfagan sus necesidades personales: en la sociedad de consumo, hay religiones para todos los gustos. No es necesario decir que las que más atraen son las que más se aferran al sentimiento, dan consuelo a las aflicciones y «curan» enfermedades... Son religiones cortadas a la medida del consumidor. Se busca en ellas más la satisfacción de las necesidades temporales que la certeza de las verdades eternas.

Es mucho más fácil, sin duda, suplantar la Verdad que simplemente vivirla. De este modo, se «domestica» a Dios para que «pueda andar por casa» sin incomodarnos demasiado.

La superstición puede ser considerada como una manifestación equidistante. Al sentir necesidad de ese Dios verdadero que no se posee, y para llenar su vacío, se otorga carácter divino a bagatelas: horóscopo, numerología, amuletos, duendes, cristales, pirámides, fetiches, tarot... Tal es la atracción que lo divino ejerce sobre el hombre que se puede establecer una línea paralela y concomitante entre la disminución de la fe y el aumento de ciertas prácticas mágicas y espiritualistas que, si bien son deformadoras, inquietantes y enfermizas, al menos le traen al hombre algo que imaginan ser sobrenatural.

Puede sorprender a algunos que en este tiempo presente, cuando el hombre moderno se jacta de su mentalidad científica; cuando se habla de una forma tan equívoca de desacralizar la vida humana, desmitificar la religión; cuando se le quiere quitar a la Fe su naturaleza sobrenatural para convertirla en una especie de humanismo, de doctrina sociopolítica o de técnica psicológica; cuando todo esto sucede, es precisamente cuando más se propagan, como fuego en un pajar, la teosofía, la astrología, la magia negra, las prácticas de ocultismo en gene­ral y, en particular, el espiritismo y el misticismo naturalista-panteísta de origen oriental.

No es motivo de sorpresa. Es una consecuencia lógica de la falta de Fe verdadera: un claro fenómeno de sustitución de lo auténtico por un sucedáneo.

Algunos se ruborizarán al comprobar que el aséptico cientificismo moderno encubra un misticismo irracional o que el hombre racionalista del tercer milenio quiera reencarnarse en hombre de las cavernas, hipnotizado por el tantán de los tambores primitivos o por las danzas rituales alrededor del fuego. Pero, en realidad, más se deberían avergonzar al ver cómo se falsifica y suplanta de modo tan grotesco la eterna Verdad de Dios. Sería lamentable si este tiempo nuestro, en el que seguramente nos sentimos orgullosos de haber nacido -tan abierto al progreso científico y social, a una mentalidad más justa y sincera, un tiempo en el que se da tanto valor a cualquier manifestación de autenticidad y libertad- pueda convertirse en aquel tiempo al que San Pablo, mirando hacia el futuro de la Historia, se refería al escribir: «vendrá el tiempo en el que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que contratarán para sí maestros que les digan lo que desean oír. Y apartarán sus oídos de la verdad, para abrirlos a fábulas» (2 Tm 4, 1-8).

Vendrán tiempos, podríamos parafrasear, en que los maestros verdaderos serán sustituidos por marionetas de ventrílocuo.

anecdotas y reflexiones