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 HACIA LA DEFINICIÓN DOGMÁTICA  DEL DOGMA DE LA ASUNCION

 Durante los primeros cinco siglos de la Iglesia sólo tenemos, en la Tradición, algunas huellas y afirmaciones explícitas. Por ejemplo la de San Efrén (siglo IV) en torno a la incorrupción del cuerpo virginal de María, o la de San  Ambrosio (t 379), según el cual, si la Virgen Santísima hubiese muerto en el Calvario con Cristo habría sido en seguida resucitada por él. Las más antiguas narraciones apócrifas del tránsito de María se remontan a finales del siglo V y en ellas podemos también ver algunos vestigios de la Asunción. En este siglo VI comienza a celebrarse, en Oriente, la fiesta del Tránsito o Dormición de María. El emperador Mauricio (582-602) -según el testimonio de Nicéforo Calixto - habría impuesto, con un edicto especial, la fecha del 15 de agosto.

 Hacia mediados del siglo XVIII se comienza a desear y a pedir a la Santa Sede la definición de la Asunción como dogma de fe. El primero en presentar al papa una petición en ese sentido fue el siervo de Dios Padre Cesáreo Shguanin (1692-1769), de los Siervos de María.

Durante el Concilio Vaticano 1 (1870), cerca de 200 padres suscribieron una petición para la definición del dogma de la Asunción. Desde 1896 a 1941, pidieron a la Santa Sede la definición del dogma de la Asunción 113 cardenales, 18 patriarcas, 505 arzobispos y obispos, 383 vicarios capitulares, 32.000 sacerdotes y reli­giosos, 5.000 religiosas y millones de fieles. Y desde 1945 a 1950, los datos áridos se convierten en un coro melodioso de miles y miles de voces elevadas al trono de Pedro desde todas las partes del mundo, pidiendo la declaración del dogma de la Asunción de María.

“La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha del culpa original, terminado el decurso de su vida te­rrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG, 59). Con este texto el  Concilio Vaticano II confiesa y proclama el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria celestial. Así la presenta Pío XII cuando proclamó solemnemente el dogma de la Asunción de María el 1 de noviembre de 1950. Mientras todos los demás, al fin de su vida, son glorificados solamente en cuanto al alma y han de esperar hasta el fin del mundo la redención o glorificación del cuerpo, la Virgen, y solamente ella junto con su divino Hijo, es glorificada inmediatamente después de su vida terrena, lo mismo en cuanto al alma como en cuanto al cuerpo.