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LA VIRGEN DE LOS TREINTA Y TRES

En Uruguay, como en Paraguay, tenían como patrona a la misma Virgen de Luján, Patrona de Argentina. Pero cada pueblo quiere tener su propia Virgen Patrona, y Uruguay eligió a la Virgen Inmaculada de la Florida, que luego se denominó de los Treinta y Tres. Es una imagen de madera de cedro, de sólo 36 centímetros de altura, de estilo barroco, propio de las Inmaculadas de Murillo, que destaca por lo monumental de la corona de oro y piedras preciosas que ciñe sobre sus sienes, regalo, en 1857, del general Manuel Oribe, entonces presidente del Uruguay.

Se supone que en el siglo XVIII los jesuitas llevaron a tierras uruguayas una imagen de la Inmaculada de la que los nativos eran fervientes devotos. Alrededor de su misión corría un río llamado el Arroyo de la Virgen. La primitiva capilla del Pintado, construida en 1779 en las cercanías del arroyo, fue dedicada a la Reina de los Ángeles, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, por voluntad del donante, Antonio Díaz.

El actual nombre numérico, que sustituyó al anterior de Virgen de Florida en su advocación de Nuestra Señora de Luján del Pintado, proviene de los 33 miembros de la insurgencia que desembarcaron el 19 de abril de 1825 en la playa de la Agraciada con el objetivo de lograr la independencia de la patria.

Las crónicas cuentan lo que sigue: «La Banda Oriental de Uruguay, cayó bajo el dominio de Brasil. Muchos de los orientales emigraron a Buenos Aires, Argentina. Desde ahí tres tenientes de Artigas organizaron, juntamente con otros treinta valientes patriotas, una campaña, la campaña de los Treinta y Tres, enarbolando la bandera tricolor con el lema Libertad o muerte. Acto seguido, instalaron un gobierno provisional y fueron a la iglesia de los jesuitas para implorar de la Virgen ayuda y protección, en tan ardua tarea de liberación. El 25 de agosto de 1825, la asamblea, presidida por el sacerdote Juan Francisco Larrobla, declaró y proclamó la independencia nacional. Todos los miembros de la convención, después de redactar el acta de la Independencia, fueron al templo para entonar el Tedeum y de rodillas ante la imagen, pusieron la patria naciente bajo su amparo maternal. Así comenzó a nacer la devoción a la Virgen, invocándola con el título de La Virgen de los Treinta y Tres».

Los últimos papas han ratificado el nombre y alentado la devoción de los católicos uruguayos, quienes, a pesar de algunas situaciones políticas poco propicias para la religión, siempre han tenido en su corazón un lugar privilegiado para la Madre de Uruguay.