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 textos marianos

ANHELO DE FELICIDAD

 « ¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema!». « ¡Cuán felices son  -  lo repito en el arrebato de mi corazón -  , cuán felices son quienes... siguen fielmente tus caminos...!». «Feliz aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María para que lo conozca». «Dichoso... » «Feliz... » 

Así comienza la Buena Noticia del Evangelio. También en esta forma se presenta el mensaje de S.Luis María Grignion de Montfort: una invitación a la felicidad, a participar en una felicidad vivida.

 Comencemos por mirar al hombre en derredor nuestro, en nosotros mismos. La carrera tras la felicidad, la caza a la felicidad es absolutamente universal.

Cuando uno es hombre, creado a imagen de Dios, anhela indefectiblemente ser feliz. Y aun cuando uno quiera obrar en contra de esto, no lo podrá hacer. Claro que no todos tienen la misma idea de la felicidad. «Donde está tu tesoro  -  decía Jesús -   está tu corazón» (Mt 6,21). 

Pero no todos ubican su tesoro (y por tanto tampoco su corazón) en el mismo lugar. Acontece incluso que algunos tienen conceptos de la felicidad totalmente opuestos. Pero, con esto encontramos ya las diferencias que vamos a hallar una vez más al nivel de la Sabiduría. Las cuales no deben escondernos las semejanzas que la vida nos revela.

Una felicidad infinita: No es necesario mirar por mucho tiempo en nosotros mismos y a nuestro alrededor para descubrir que todos buscamos una felicidad infinita. No sólo deseamos ser felices, sino más felices, siempre más. « ¡Siempre más!» 

«Escarba en mi corazón  -  decía un héroe de Claudel -   y si hallas en él algo diferente de un anhelo inmortal, arrójalo al estercolero, que lo devoren las cochinillas». Pero lo que el poeta nos dice con vigor, la vida  nos lo repite todos los días. Mientras cada día hay pobres que lo son cada vez más, hay también ricos que no lo son nunca suficientemente. Hace falta más y más dinero. Hay que ir siempre más rápido, siempre más lejos, siempre más alto... Hay que actuar cada vez mejor, cada vez más grande (o más pequeño), cada vez con mayor perfección...

 Los realizadores de televisión, que conocen bien el corazón humano, saben presentarnos esa felicidad que buscamos: nos proponen nada menos que el «paraíso». Todas las ventajas, ningún inconveniente, ni siquiera el precio...: « ¡gratuito!». El cielo: ¡qué! Y sin embargo, ¿quién tiene el valor de traducir esas palabras que expresan lo infinito y dar el verdadero nombre al objeto de nuestros anhelos?