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BELLA COSTUMBRE DE LAS IGLESIAS CRISTIANAS DE ORIENTE

 

 El 26 de diciembre, día siguiente a la Navidad, es fiesta mariana en las iglesias orientales siro-maronitas: fiesta de la Sinaxia de la Theotókos, que viene a ser la fiesta de María Madre de Dios. Es una constante en las Iglesias de Oriente: después de una gran fiesta en la que todo confluye en el personaje protagonista, la celebración del personaje secundario. El día 25  el gran protagonista era Jesús, el Hijo de Dios e Hijo de María. Y hoy, pasa a serlo la Madre. Las Iglesias de rito caldeo, también celebran hoy una fiesta mariana, con el título de La Congratulación. Como su nombre indica, se trata de felicitar a María por haber dado a luz al Mesías Salvador, que ella ofrece al mundo, representado en los pastores y en los magos.

¡Buena lección la de nuestros hermanos orientales! Nos unimos a ellos, con las consideraciones de fray Luis de Granada:

«Mirando el Hijo, pongamos luego los ojos en la Madre, que no es la menor parte de este misterio. Considera, pues, la alegría, la devoción, las lágrimas y la diligencia de esta Señora, y mira cuán perfectamente ejercitó aquí ambos oficios de Marta y de María. Mira con cuánta solicitud y diligencia sirve en todo lo que pertenece a este niño, pues ella toma al niño en sus brazos, envuélvelo, apriétalo, abrázalo, adóralo, bésalo y amamántalo. Todo este negocio está lleno de gozo, porque ningún dolor ni injuria hubo en aquel sagrado parto. Ni había allí, dice Cipriano, necesidad de baños ni lavatorios que se suelen aparejar a las paridas, porque ninguna injuria había recibido la Madre del Salvador, la cual parió sin dolor, así como había concebido sin deleite. El fruto ya maduro y con sazón se cayó del árbol que lo traía, y no había necesidad de arrancar con fuerza lo que de su voluntad se nos daba.

Los aderezos de casa que allí faltaban, aunque los hubiera, no hubiera ojos que los miraran, porque la presencia del niño así tenía ocupados los ojos de José y de quienquiera que allí estuviese, que en sólo él parecía estar la suma de todos los bienes, y no había necesidad de mendigar por partes lo que en sí sola representaba aquella omnipotente niñez.

Allí estaba, allí poseía su palacio, allí adornaba el templo que para sí había dedicado, y guardaba su sagrario, y honraba aquel tálamo virginal, y alegraba con inestimables consolaciones aquella alma bendita, y ojeaba de ella las injurias de todos los peregrinos pensamientos: De manera que la ley de la carne no contradecía a la del espíritu, ni alguna manera de repugnancia turbaba la paz y reposo de su corazón. »