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textos marianos

 EL ROSARIO DE LOS SACOS

     Cuando yo trabajaba en el muelle de Marsella como cargador, al principio oraba intensamente; yo, que nunca había cargado más de un palillo, no me sentía muy seguro llevando sacos de sesenta o de ochenta kilos. Entonces oraba clamando interiormente: «Dios mío, ven en mi ayuda, porque no llegaré a las seis de la tarde, me habré muerto antes.» Sí, rezaba y rogaba mucho con grandes voces salidas del corazón. Pero pronto, después de haber llevado sacos durante varios meses, oraba menos, porque me las arreglaba solo. Un día me di cuenta de que no oraba en absoluto. Entonces me impuse rezar el Rosario, cinco misterios por la mañana y cinco por la tarde.

Era difícil sacar el rosario del bolsillo para contar las Avemarías. Entonces me dije: «Este montón de sacos serán los misterios gozosos; en este montón hay quince, veinte, treinta sacos: digo el primer misterio, la Anunciación, meditando en él; después vendrá el montón de la Visitación. Sucedía a veces que se me caída un saco o que yo tropezaba y entonces el «Dios te salve, María » salía acentuado con una exclamación más callejera que mariana, pero el misterio seguía presente.

El Rosario es, pues, la oración de las pobres gentes. Sería criminal quitar a los pobres su oración para reemplazarla por qué sé yo. Coincidimos así con el sentido de la oración del Shema Israel de la Biblia, esta brevísima oración: «Escucha, Israel: Yahvé, tu Dios, es el único Señor»; lo dirás de pie, acostado en tu casa, de camino, y lo repetirás a tus hijos.... El Rosario es así, repetir sin descanso -no es ninguna tontería sin valor- las quince (ahora se consideran 20) mayores maravillas que Dios ha hecho. Vivamos la humilde oración del Rosario