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 textos marianos

EL TESORO DE DIOS

 Todos sabemos bien que, cuando uno ama, no tiene la misma sabiduría que cuando no ama, no tiene el mismo «tesoro», los mismos valores, no hace las mismas opciones. Incluso puede ser que haga opciones completamente opuestas a las que hace cuando no ama. 

Porque amaba, el P. Kolbe optó por morir de hambre en un bunker, para salvar al padre de siete hijos. Más cerca de nosotros, porque ama también, Pablo, obrero especializado en una fábrica de muebles, elige ser despedido para dejar su empleo a otro trabajador.

Pero si ya, cuando uno ama hace a veces opciones completamente opuestas a las de una sabiduría sin amor, Dios que es el amor mismo, absolutamente puro, la fuente y la perfección de todo amor, ¿qué opciones no puede hacer? ¿Cuál puede ser la Sabiduría del Amor mismo? ¿Cuál puede ser su «tesoro»? ¿Dónde puede El poner su «corazón». Aquí es preciso exclamar con san Pablo: ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!. 

¿El «tesoro» de Dios? No es otro que el hombre, es la humanidad. Y ¿dónde pone su «corazón»? En ti, en mí, sobre todo en María, «el tesoro del Señor», su «Paraíso», «donde ha puesto lo más precioso que tiene», su Hijo predilecto. Sí, Dios ha puesto su corazón en la humanidad. Pero estamos tan habituados a oír decir que Dios nos ama, que hemos perdido completamente de vista que este amor procede de una «sabiduría» sublime, incomprensible, desconcertante.

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