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FIESTA DE LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

 El Calendario de la Iglesia Católica celebra actualmente el último día del mes de mayo la visita que María hizo a su pariente Isabel, de cuya futura maternidad le había informado el ángel en la anunciación, para probarle que para Dios nada hay imposible. Lo cuenta Lucas:

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo: -Proclama mi alma la grandeza del Señor...» (Lc 1, 39-46).

 Desde los primeros tiempos de la Iglesia, este misterio era venerado por los fieles. En el siglo XIII varias comunidades religiosas lo conmemoraban con gran devoción, en especial los franciscanos, que introdujeron en la liturgia romana esta fiesta ya muy antigua en Oriente. Los papas Urbano VI y Bonifacio IX la extendieron a toda la Iglesia en el siglo XIV para obtener de la Virgen el final del cisma de Occidente. El Concilio de Basilea renovó su institución con el fin de pedir a Dios la paz de la Iglesia.

Pero todavía en el siglo XVII, San Francisco de Sales consideraba que la Visitación no se celebraba con la solemnidad de las otras fiestas de la Virgen, y fundó en 1610, junto a Santa Juana Francisca Frémyot de Chantal, una nueva familia religiosa a la que bautizó con el nombre de Visitación de Santa María, porque «era un misterio oculto y... encontraba en él mil  peculiaridades que le daban una luz especial sobre el espíritu que deseaba establecer en su instituto». En él quería que se celebrara la fiesta con todo esplendor en la liturgia y que cada visitandina se convirtiera en un «Magníficat», viviente. Hasta la reforma del Calendario después del Concilio Vaticano II, la Visitación se celebraba el 2 de julio, pero luego la Iglesia la trasladó al 31 de mayo, entre la Anunciación y el nacimiento del Bautista, que parece que se ajusta mejor a los tiempos de la visita de María a Isabel.