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LA ASUNCIÓN EN EL PRIMER MILENIO CRISTIANO

 

La Iglesia Copta, desde los tiempos del patriarca Teodosio (t 567), admitió la resurrección gloriosa de María. Dicho patriarca compuso una larga narración de la muerte de María y estableció la fiesta de la muerte el 16 de enero, distinta de la de su resurrección gloriosa (9 de agosto). Esta creencia se ha mantenido hasta hoy.

Otro tanto hay que decir de la Iglesia etiópica o abisinia, que también celebra separadamente las fiestas de la muerte y de la resurrección de María.

La Iglesia armenia reconoce asimismo la gloriosa resurrección de María, que se remonta a los comienzos del siglo XIII con la fiesta del 15 de agosto y que aún hoy está en uso.

Desde el siglo VII al siglo X, la Iglesia griega enseñó con certeza la verdadera doctrina de la Asunción a través de sus más genuinos representantes. La gran mayoría de los teólogos griegos han sido siempre favorables a la Asunción de María, en cuerpo y alma, a la gloria celestial.

Y en la Iglesia latina también han sido partidarios de la Asunción en cuerpo y alma a los cielos San Gregorio de Tours (t 594) y, con bastante probabilidad, el poeta Venancio Fortunato (t 600). Sin embargo, ignoran el tema, en los siglos VII y VIII, respecto del modo como la Virgen dejó este mundo y del destino final de su cuerpo, San  Isidoro de Sevilla (t 636) y San Beda el Venerable (t 735).

En el siglo VII, siendo papa Sergio I (687-701), se celebraba ya en Roma la fiesta de la Dormición, juntamente con las fiestas de la Anunciación, de la Natividad y de la Purificación. De Roma la fiesta de la Dormición se propagó a Inglaterra y a Francia, tomando el título de Assumptio Sanctae Mariae. En aquella época, algunos escritores están plenamente convencidos de la glorificación de María en alma y cuerpo.