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textos marianos

¿POR QUÉ SE HABLA TAN POCO DE MARÍA EN LOS COMIENZOS DEL CRISTIANISMO?

 En la Biblia la figura de María quedó en la penumbra. En el AT, estaba velada en múltiples profecías; en el NT, sólo sale a la luz en los primeros capítulos de Lucas, para volver de nuevo a la oscuridad durante la vida pública de su Hijo y fundirse, mas adelante, con la figura de la Iglesia en las visiones del Apocalipsis. Esta alternancia de luz y sombra se repite también en los primeros siglos cristianos. Para comprender este fenómeno hemos de recordar el ambiente en que se desarrolló la naciente Iglesia.

 La religión helenística contemporánea al nacimiento del cristianismo era sincretista, con rasgos desagradables de éxtasis desenfrenados y perversiones sexuales. Una de sus figuras principales era la diosa madre, venerada bajo muchos nombres: la Magna Mater, la frigia Cibeles, la Astarté palestina, la Isis egipcia y la Diana (o Artemis) de Efeso, cuyos devotos tan violentamente atacaron a san Pablo (act. 19). El culto de esta diosa madre estaba extraordinariamente difundido; pues, aparte que muy a menudo complacía los más bajos instintos, respondía también a un anhelo profundamente humano de protección maternal y comprensión femenina, que no podían satisfacer los dioses masculinos.

 Cuando el cristianismo comenzó a propagarse no sólo entre las comunidades judías del imperio romano, sino también, por obra de Pablo, entre los gentiles, la primera labor de los apóstoles y sus sucesores hubo de ser: asentar de manera inequívoca que había un solo Dios, que se había hecho hombre en Cristo, que no toleraba rivales masculinos ni femeninos y era, a la par, creador y redentor del mundo. En aquella situación, poner de relieve a la madre-virgen hubiera podido inducir a comparaciones y hasta a identificaciones erróneas, que a todo trance había que evitar. Por otra parte, los gentiles cultos, señaladamente los que se interesaban por la filosofía, podían comprender bien el monoteísmo cristiano, pero no la realidad de la encarnación. Frente a ellos, había que recalcar el verdadero nacimiento de Cristo de una mujer puramente humana.

  Y así resulta, de una parte, una aparente indiferencia por María y, de otra, una marcada insistencia sobre su pura humanidad y la eminente significación de su maternidad. Pablo mismo, que predicaba el cristianismo en centros de inmoralidad pagana, como Corinto y Éfeso, sólo menciona una vez a María, en su carta a los gálatas, para demostrar la realidad de la encarnación: «Dios envió su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4, 4).