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NUESTRA INTERCESORA

 Los Padres de la Iglesia, a través de lo siglos, han dicho que nuestro Señor se guardó para sí  la mitad de su reino, que es el Reino de la Justicia, y la otra mitad la entregó a su Madre, el Reino de la Misericordia.

 En las Bodas de Caná Nuestro Señor dijo que aún no estaba cerca la hora de su Pasión, la hora en que la Justicia sería cumplida. Pero su Santa Madre le suplicó que no esperara, que tuviera misericordia de aquellos que estaban en necesidad y que satisficiera  su necesidad  cambiando el agua en vino. Cuando tres años más tarde, no fue el agua la que se trasformó en vino sino el vino en sangre,  El cumplió toda justicia pero  cedió la mitad de su reino dándonos lo que ningún otro nos podía dar: su Madre. “Ahí tienes a tu Madre”. Todo lo que las madres hacen por sus hijos lo haría la suya, y más.

 A lo largo de la historia la Santa Madre ha sido el enlace entre dos contrarios: el castigo eterno de los pecados y la ilimitada redención universal de su Hijo Divino. María no perdona, ni puede perdonar, pero intercede como madre ante el rostro justo del padre. Sin justicia la misericordia sería indiferente al mal;  sin la misericordia la Justicia sería vengativa. Las madres obtienen perdón y clemencia para sus hijos sin darles la sensación de que están siendo perdonados. La justicia hace que el malhechor vea lo injusto que es violar la ley; la misericordia hace que vea los sufrimientos y la miseria que a causado a los que le aman profundamente.