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TODO REGALO REQUIERE UN BUEN ENVOLTORIO

  

Cuando decimos "Bienaventurada María siempre Virgen", parece que lo pronunciamos como una sola palabra, mas estamos diciendo tres cosas distintas. La primera es que Nuestra Señora era todavía una Virgen, cuando Nuestro Señor fue concebido. Ella no se entregó a ningún hombre, como todas las demás mujeres que han alcanzado la dignidad de la maternidad. La segunda es que era Virgen cuando nació Nuestro Señor, su parto no le costó el dolor que cuesta a las otras mujeres y no dejó en Ella señal ninguna. La tercera es que siguió siendo Virgen por el resto de su vida.

Ahora estas cosas parecen obvias para ti y para mí. No digo que parezca natural, porque claramente no lo es; pero obvio sí. Sabiendo que Nuestro Señor era lo que era, no nos puede extrañar que viniese al mundo de un modo sobrenatural. Todos sabemos hasta qué punto la manera de hacer un regalo forma parte de ese regalo y pone de relieve lo que vale; nos gusta la finura y la delicadeza en el modo de regalar algo: el estuche, la envoltura, las cintas... todo tiene importancia. Así es como se espera que sea un regalo. Si tu padre te fuera a dar algo realmente espléndido y valioso, no esperarías que lo sacara de un cajón, una caja de zapatos y te lo tirara en medio de la habitación, diciéndote, "aquí tienes, un regalo". Hay que hacer las cosas bien. Lo mismo acontece, si podemos permitirnos el comparar las cosas grandiosas con las insignificantes, en el nacimiento de Nuestro Señor. Dios nos dio el más espléndido y caro regalo que jamás se ha hecho. Y es de esperar que este regalo estuviese envuelto en el aire de misterio sobrenatural; no nos debe extrañar que los ángeles descendieran a las casas de la gente humilde de Nazaret, y que acontecimientos extraños inquietasen a los astrónomos de Caldea. Parece tan obvio; cualquiera podría comprender ese punto del Credo, a no ser que no creyera en los milagros en absoluto.

Pero, ¿sabéis una cosa?, no es tan sencillo para todo el mundo. Recordaos que muchos vieron resucitar a Lázaro con sus propios ojos y no quisieron creer en Jesús. 

   Ronald Knox